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Mi salida de Promotora

En Promotora del Norte era el Director Administrativo, por lo que todo el trabajo contable y administrativo quedaba bajo mi responsabilidad. Mi forma de ser me lleva a dedicar todos mis esfuerzos, físicos y mentales, a una tarea cuando soy responsable de la misma. Es así como encaré mi trabajo en Promotora.

Cuando se creó la Cámara Argentina de Sociedades de Crédito de Consumo, nosotros éramos una pequeña sociedad en el total de más de doscientos que había en el país. Dado el gran desarrollo de estas sociedades, la Cámara consideró oportuno crear una sociedad anónima encargada de recopilar informes de los clientes de las distintas sociedades para así, requeridos los datos de algunos, poder suministrarlos con eficacia, evitando así morosidad y quebrantos.

Se solicitaron aportes accionarios de entre 200.000 y 1.000.000 de pesos de la época de los setenta, a todas las sociedades de Crédito de Consumo, para integrarlas como accionistas de la Sociedad de Informes. Con argumentos de tener una real figuración entre nuestros pares, logré que Promotora del Norte se suscribiera con un millón de pesos en acciones. A los pocos días me llama un Contador amigo de Crédito Ballester, uno de los iniciadores de la Sociedad de Informes, sorprendido y felicitándonos por el aporte y lamentando que, al haberse ya formado la Comisión Directiva inicial, no podía incluirnos.

Al año, en ocasión de las elecciones de la Cámara Argentina de Sociedades de Crédito de Consumo, aceptamos integrar la Comisión en el puesto de vocal titular, designándome Promotora para representarla. Además, junto con el contador antes mencionado, mi amigo Chávez, integramos la Mesa Directiva al ser elegidos entre los diez vocales titulares que integraban la Cámara. Todo ello significaba tener toda la información oficial, societaria y de funcionamiento de esa actividad de primera mano, ayudando así a una mayor eficacia en el desenvolvimiento de nuestra Sociedad.

En la zona funcionaban tres Sociedades de Crédito de Consumo: Crédito Ballester, cuyo asesor era el ya mencionado Chávez, Crédito San Martín, con la asesoría del Contador Alborja y Crédito Promotora, con mi asesoramiento. La zona de influencia de las tres sociedades, era prácticamente común a todas, por lo que se me ocurrió reunirme un día con mis colegas y, para evitar roces de competencia y para un buen éxito de nuestra actividad, coordinar normas y condiciones de préstamos, como así también el funcionamiento técnico de la actividad.

Nos reuníamos una vez por mes, de mañana, para analizar todos los temas de la agenda y una vez terminada la reunión, almorzábamos y nos íbamos a nuestras casas. La trascendencia que tuvo el trío fue impactante: en poco menos de un año el grupo se agrandó a más de veinte, con asesores de la Capital como de todo el Gran Buenos Aires. Un éxito de cooperación rotundo.

Pero —siempre hay un pero— dentro de la Comisión de Promotora, en la persona de su vicepresidente, De la Llana, apareció la desconfianza en lo que a mi actividad en la Comisión de Asesores se refiere, en la posibilidad de que yo derivara a los asesores rivales información de Promotora. En lugar de encarar su duda frontalmente, llamó a una reunión de la Comisión Directiva, sin mi conocimiento y aprovechando la ausencia del presidente, mi amigo Mauricio Dvorkin que jamás se lo hubiese permitido, para plantear sus dudas en cuanto a mi lealtad. Me enteré de la reunión al día siguiente, e inmediatamente decidí renunciar.

Era viernes, preparé la renuncia y para mi tranquilidad espiritual de haber tomado una decisión correcta, al día siguiente, sábado, fui a visitar a mi abuela Dobe. La paz que me significaba su contacto, me daba la pauta para tomar decisiones: el lunes siguiente presenté mi renuncia, seguro de haber tomado la decisión correcta.

Hubo un gran revuelo en Promotora: directores que venían a pedirme que retirase la renuncia, el presidente, mi amigo Mauricio, que renuncia por haberse llamado a una reunión sin su conocimiento ni presencia, pero lo que más me impactó fue la emocionante despedida del personal, con el que tuve siempre una excelente relación. Me dolió mucho tener que deshacer una pequeña sociedad que tenía con Zanette, directivo de Promotora, excelente persona, leal, trabajadora y activa, quién se disculpó de no haberme comunicado que fue invitado a la famosa reunión.

Así se cierra mi capítulo de actuación en Promotora, que en ese momento representaba el 60% de mis ingresos, comenzando mi plena dedicación a la profesión.

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Casa Universitaria y Mutual Universitaria

La creación de la Casa Universitaria data del año 1956, cuando un grupo de profesionales universitarios decidió acceder a un lugar de encuentro para los colegas de San Martín. Invitado por mi amigo Mauricio, integré la Comisión Fundadora y el acta constitutiva se hizo en la Corporación Médica de San Martín.

Al poco tiempo adquirimos una propiedad que era un chalet que ya en aquella época tenía más de sesenta años de existencia. Luego de varios acontecimientos propios de una película de acción, con violación de domicilio y estafa por parte del letrado de la parte vendedora, por fin se pudo firmar la escritura correspondiente. Hay una foto en la que estoy firmando la escritura, como tesorero de la Casa Universitaria, rodeado de los demás miembros de la Comisión. Cada vez que la miro me asusta: ¡soy el único sobreviviente!

Con gente muy activa, entre los que destaco por su tesón y actividad a Alfonso Cerdeiro, se realizaban reuniones periódicas y actividades sociales y culturales. En una de dichas reuniones se aprobó la creación de una Mutual Universitaria para ayudar a los profesionales recién recibidos a instalarse como tales, como también a conceder ayuda económica a los asociados que así lo requiriesen. Me asignaron la tarea de organizarla administrativamente, teniendo su primera sede en una oficina prefabricada en un costado del chalet de la Casa Universitaria.

La Mutual creció rápidamente, tanto desde el punto de vista de su economía como de su renombre, con una Comisión compuesta por un grupo de profesionales con espíritu mutualista y dirigida por un gerente, que supo influir en la Comisión, manejando prácticamente a voluntad las actividades de la Mutual, encaminadas en gran parte a obtener un beneficio personal de dicha actividad, lo que no fue visualizado por los integrantes de la Comisión.

El Dr. Bernardo, a quien menciono en el capítulo “Actividad profesional”, al recomendarme como cliente a un frigorífico de equinos —y que fuera despedido como asesor jurídico de dicha firma por una actitud errónea por él tomada— era presidente en ese momento de la Mutual Universitaria. Como yo seguía en mi cargo de auditor del frigorífico, cuando se reunía la Comisión de la Mutual me hacía la vida imposible: yo decía blanco y él decía negro, yo decía si y él no, hasta que explotó la situación: renuncié. Claro que lo hice con la tranquilidad de haber meditado y analizado mi postura y exponiendo claramente los motivos de mi renuncia, sin tapujos y aunque varios integrantes de la Comisión me solicitaron que la retire, no lo hice siguiendo postura de toda la vida: tomada una decisión, lógicamente analizada en profundidad, yo la mantengo porque es la salida correcta que le encuentro a un problema y que amigos te quieran hacer desistir de la decisión tomada, es un acto de cortesía por su parte.

Pasaron diez años, y un día Alberto del Intento, una magnífica persona, odontólogo él, me visita en mi estudio de San Martín, para ofrecerme nuevamente ser auditor de la Mutual. Le contesto que él sabe muy bien por qué me retiré, a lo que me dice que dicha persona no está más en la Comisión Directiva de la Mutual y que todos pensaron en mi vuelta. Acepté ocupar nuevamente el cargo de auditor de la Mutual y ahí comienza un trabajo que, si bien no era ciclópeo, fue bastante difícil y trabajoso. En el período que estuve ausente, cambió mucho la sede original de la Mutual, ya que al haberse formado un consorcio de entidades profesionales, se construyó un edificio, llamado Consorcio Casa Universitaria que cobijaba, en sus cinco pisos, las sedes de varias asociaciones profesionales, incluyendo la Mutual Universitaria. Para dar una idea de lo que era la Mutual en ese momento, un pantallazo puede ser suficiente. Seguía el mismo gerente, quién en esos años había ganado dos veces el Prode justificando así su incremento patrimonial. Su hijo era jefe de la Proveeduría, que mantenía un personal de 25 empleados, e incluyendo el personal propio de la Mutual, los empleados ascendían a más de cuarenta.

Luego de un análisis exhaustivo de las actividades de la Mutual, se logró determinar una gran cantidad de irregularidades como el desvío de mercaderías a destinos desconocidos, cobranza de “comisiones” ocultas, proveedores fantasmas y otras que lo único que hacían era socavar la economía de la Mutual.

Con el apoyo de algunos integrantes de la Comisión, entre los que destaco a Rodríguez, se logró la salida del hijo del gerente, ir reduciendo el personal de Proveeduría hasta su cierre definitivo —que se produjo a los 18 meses con una pérdida mensual de U$S 5.000— y finalmente la renuncia del gerente, por presión, al plantearle estar en conocimiento de las irregularidades por él cometidas.

Luego de dichos cambios, hecha una reorganización profunda, el personal de la Mutual quedó reducido a catorce empleados atendiendo principalmente el sector de Ayuda Económica y como segundo en importancia, el de Proveeduría.

Con altibajos y por incidencia de la crisis nacional del año 2001, en la actualidad se continúa con las mismas actividades, reducidas en su volumen y con un personal de ocho empleados.

Esa crisis del año 2001 nos demostró que la Justicia es realmente ciega, pero no por justa, sino porque no ve ni sabe lo que hace. Me merece esa opinión por la aplicación de leyes financieras, que se promulgaron en ese entonces a las Entidades Mutuales, y que no correspondía hacerlo, por lo que dejaron un tendal de las mismas quebradas y muchas otras en una débil situación. Por suerte quedamos dentro de este último grupo y con tesón y esfuerzo, la Mutual se recupera de a poco.

No menciono nombres, porque hubo muchos que han trabajado desinteresadamente por la Mutual, pero no puedo dejar de mencionar al Dr. De Ruggiero que, a los cien años, edad en la que murió, se hallaba desempeñando el cargo de Presidente de la Mutual Universitaria, con una lucidez envidiable.

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Actuación profesional

Ya había mencionado anteriormente que, al retirarme como socio de la fábrica de muebles, tuve que comenzar como contador desde cero. Hacía casi doce años que me había recibido y recién comenzaría a trabajar de nuevo como profesional, con 24 horas disponibles.

Un proveedor de muebles de la sociedad a la que estaba vinculado, me pidió que, una vez que estuviera totalmente libre de mi sociedad, le hiciera un estudio de la factibilidad de continuar con su actividad de fabricante, pues además de estar muy endeudado, pagaba unos intereses prohibitivos. A las pocas semanas le presenté mi conclusión de una situación terminal, lo que se confirmó a los pocos meses con su declaración de quiebra. Cuento esta anécdota porque en las oficinas del mencionado proveedor conocí el primer cliente en mi vuelta a la profesión.

Era una sociedad con negocio de mueblería, que se formó como continuadora de otra que se presentó en quiebra y que fuera por ellos adquirida. La nueva sociedad no logró ensamblar administrativa y contablemente su actividad con la lenta finalización de la anterior quebrada. Habían pasado algunos profesionales que no lograron concretarlo, por lo que, cuando me lo ofrecieron, se me ocurrió una idea que felizmente funcionó muy bien. Esta sociedad fue cliente mía por más de 25 años.

Poco a poco pude conseguir algunos clientes más y unido ello a la administración de Country Ranch que compartía con Zanette, integrante del Grupo Promotora, alquilamos una oficina en la calle 18 de Diciembre, en San Martín, a dos cuadras de la plaza. A raíz de mi salida del Grupo Promotora, dejé también la administración de Country Ranch, dado que no quise tener más relación con los directivos de la misma, pues eran prácticamente todos los que integraban la dirigencia de Promotora.

Quiero mencionar aquí que la Financiera Promotora, una de las integrantes del Grupo, estaba levantando un edificio de oficinas en la esquina más importante de San Martín, San Lorenzo y Mitre, donde funcionaba la farmacia de mi amigo Mauricio. El edificio constaba de planta baja y subsuelo para la farmacia, dos pisos para el Grupo Promotora y luego hasta el piso trece, oficinas. Se vendieron rápido y bien, y yo adquirí una en el piso 10, oficina 4, en la que tuve mi estudio unos treinta años, hasta que me jubilé.

A mediados de 1970, estando el edificio ya terminado, me mudé a la oficina, trabajando solo, ya que las dos empleadas que tenía, también quedaron afuera una vez que se terminó mi sociedad con Zanette.

Ahí es donde aparece la que sería mi secretaria preferida e inolvidable, hasta el final de mi vida activa como profesional: Eva, que merece un capítulo aparte. En realidad se llama Marta Eva, pero cuando entró como segunda empleada de Promotora del Norte, que llegó a tener más de doce, le dije que la íbamos a llamar Eva, porque la primera empleada ya se llamaba Marta. Me imagino que se han percatado que estoy hablando del tiempo en que yo era Director Administrativo de Promotora. Era una excelente empleada y al poco tiempo se la designó como jefa de personal. A mi criterio tenía conocimientos superiores a los del gerente, lo que daba lugar a celos laborales que se exteriorizaban por parte de este último.

Como la actividad de Promotora comenzaba cerca del mediodía, arreglé con Eva que trabajase en mi estudio las dos o tres horas que tenía libres a la mañana. Ya en esa época yo me había retirado de Promotora y pasado un largo tiempo de trabajo eventual que Eva hacía en mi estudio, de curioso le pregunté cuanto estaba ganando en ese momento allí y me contestó: “Dos mil doscientos pesos”. Ahí nomás le dije: “¡Tan poco!, no lo puedo creer, yo le pagaría dos mil quinientos pesos”, por tirar una cifra, y seguimos cada uno en sus tareas. A la tarde del mismo día me llama por teléfono y me dice: “¿Usted hablaba en serio cuando me dijo lo de los $ 2.500?” Le contesté: “Claro que sí”. “Pues le comunico —me dijo— que acabo de renunciar a Promotora”.

Desde entonces hasta que cerré mi estudio, estuvo conmigo y si incluimos el período que estuvo a mis órdenes en Promotora del Norte, son casi 40 años, toda una vida. Dejando de lado su enorme eficacia como empleada, consideren que más de un colega quiso pagarme llave por Eva, era una excelente persona, gran amiga, una hermana y consejera para mí. En la oficina era mi persona de confianza y siempre tenía el don de ubicuidad con el personal que “desfiló” por el Estudio.

Tuve como clientes a varias firmas, principalmente de San Martín, cadena que se fue haciendo por recomendación de algunos que consideraban que yo les daba una buena atención. Con mi amigo y colega Carlos, como menciono en otro capítulo, llegamos a tener unos diez clientes en conjunto, ocupándome yo de la parte administrativo-contable y él de la impositiva.

Quiero destacar un cliente, muy importante, quién me fuera presentado por el abogado Bernardo, quien integraba conmigo el Consejo Directivo de Mutual Universitaria. El cliente era un frigorífico de caballos, cuya carne se exportaba totalmente a Europa, principalmente a Bélgica, país natal de los dueños y donde dicha firma tenía su base de operaciones comerciales. El abogado Bernardo me llevó allí en el año 1968, ya que él, como abogado, tenía que reorganizar la sociedad debido a una sucesión de problemas familiares, legales y hasta penales en los que quedó involucrado José, uno de los dueños, a raíz de su separación conyugal.

El establecimiento se hallaba en Escobar y yo concurría al mismo un día por semana. En el ínterin se produce un hecho, en el que yo considero y se lo manifesté, que el abogado tuvo una errónea postura, por el que los dueños prescindieron de sus servicios. Cuando yo consideraba que iban a proceder conmigo de igual forma por haber sido presentado por él, fue todo al revés: me dieron mayor responsabilidad, lo que me obligaba a concurrir al frigorífico dos veces por semana. Me consideraban su hombre de confianza y en una ocasión viajé con uno de ellos, José, a Bélgica para realizar una auditoría en su casa central.

En el año 1980 tuvieron una buena oferta por el frigorífico y se lo vendieron al que dominaba el mercado en el rubro de carne equina. Estaba seguro de que ahí terminaba mi actuación profesional en ese establecimiento, pero hete aquí que me confirmaron en mi tarea.

A raíz de la mala política existente en ese momento en el país, se paralizaron las actividades del frigorífico, con el consiguiente despido de todo el personal. En contrario con la opinión del abogado de la firma para abonar el total de las indemnizaciones, yo sugerí que se abone el 50% y que podíamos defender con sumo éxito dicha medida. Aceptaron mi postura y pudieron ganar todos los juicios que se le promovieron al respecto. Ello les significó un ahorro de muchos millones de pesos.

Fui muy bien recompensado por la firma, guardando un muy buen recuerdo tanto de los anteriores como de los últimos dueños, pudiendo apreciar en todo el tiempo que estuve con ellos, el respeto y la aplicación correcta de las normas del país que tienen las personas de otras latitudes, con el mismo comportamiento como lo hacen allí.

Esta firma fue, posiblemente, el cliente más importante de mi estudio y puedo asegurar que he tenido muchos clientes buenos, otros no tanto, con los que podría llenar un libro de anécdotas, pero sí afirmo que a todos los he tratado con la corrección, conocimiento y ética profesional que he aplicado en todas mis relaciones personales y profesionales.

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Política profesional

Yo creo que actuar en política es prestar un servicio desinteresado en instituciones de bien público sin fines de lucro, sean éstas comunitarias, profesionales, religiosas, étnicas o similares. Lo hice en muchas oportunidades desde temprana edad y cuando un profesional con el que tuve una buena amistad, Vidal, me invitó a integrar la nómina de candidatos de la “Lista Verde” de la Delegación San Martín del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires, lo acepté luego de ver la lista e imponer como condición que fuese integrada también por mujeres, dado que en aquel entonces representaban más del 30% de la matrícula.

Mi postura fue aprobada y como conocía a Evi, gran amiga, se integró a la lista junto a una amiga suya, Susana. Es así que por primera vez, la Comisión de Delegados de San Martín se constituyó con dos mujeres: Aiub y Carrere.

La lista verde se constituyó entre delegaciones del Gran Buenos Aires, del Interior y colegas aperturistas de La Plata, para romper con la hegemonía que había impuesto la Delegación La Plata desde la creación del Consejo, o sea, hacía unos treinta años.

Se triunfó ampliamente, hubo una modificación de estatutos y yo entré en la segunda renovación de delegados, de lo que podríamos llamar la “era verde”. Entré a formar parte de la Delegación San Martín como vicepresidente, aunque gran parte del año dirigí la Delegación, ya que su presidente, Enrique, integraba una comisión que estudiaba la aplicación de la computación en la administración del Consejo Profesional de la Provincia de Buenos Aires.

Cuando la nueva Comisión entró en funciones, planteé el hecho de que quería tener una participación activa en el quehacer de la Delegación, así que solicité que me permitieran organizar la biblioteca, que era un caos con libros desparramados por todos lados, y como segunda tarea confeccionar el boletín mensual para el matriculado. Al respecto quiero destacar que el matriculado recibía, generalmente a fin de mes, una hoja tipo circular, con algunas informaciones del mes, que a la fecha de su recepción era de escasa o nula utilidad.

Comencé a ordenar la biblioteca y a tal fin le encargué a un cliente de mi estudio, carpintero él, que me fabricó un hermoso mueble y a un precio irrisorio, que aún hoy se mantiene en forma impecable en la Delegación, pudiendo así no sólo ordenar la biblioteca, sino que visualmente la oficina cambió de aspecto.

En cuanto al Boletín traté de que las empleadas de la Delegación lo confeccionasen antes del día 15 de cada mes, pero al alegarme ellas tener mucho trabajo la primera quincena, opté por hacer toda la tarea en mi estudio. A los pocos meses y cuando ya el matriculado recibía antes del día 10 de cada mes más de cinco hojas fotocopiadas (en realidad se hacían las copias con mimeógrafo), se me ocurrió editar el Boletín por imprenta.

Me puse en contacto con un diseñador gráfico, mi hijo Gustavo, quien, ad honorem, diseñó el logo y formato del Boletín. El Nº 1 fue editado en diciembre de 1986 y el primer ejemplar lo entregué al presidente del Consejo, Alfredo Avellaneda, cuando concurrió a la cena de fin de año que organizó nuestra Delegación. Puedo afirmar que fuimos pioneros entre las Delegaciones del Consejo de la Provincia de Buenos Aires en emitir un boletín impreso, lo que poco a poco sirvió como ejemplo para las demás.

Durante mi actuación, tanto en la Delegación como en el Consejo, la confección del Boletín se hacía en forma artesanal, claro que con la ayuda de colegas como Marchese, Masip y algún otro que en este momento se me escapa de la memoria.

Al año y por rotación, fui presidente de la Delegación y puedo decir, sin dudar, que me valió descuidar bastante el trabajo en mi estudio, lo que pasó desapercibido gracias a la eficiencia de mi secretaria Eva. Pero lo positivo de todo ello fue lograr un ordenamiento administrativo y profesional en la Delegación.

Recuerdo que en ocasión de asumir como presidente de la Delegación, estuvo presente el Secretario de Hacienda del Consejo, cuyo nombre lamento no recordar y me dijo: “Te felicito por la salud de tus empleadas, nunca se enferman”. Le contesté “Ya verá cuando yo asuma, las cosas van a cambiar”, y así fue. El hecho que producía esa distorsión era que al fijar el convenio laboral que el presentismo se cobra por presencia física, integrantes de comisiones anteriores, para favorecer al personal, no tenían en cuenta dicha norma y se lo pagaban.

Consideré equivocada tal postura y normalicé la aplicación del Convenio, así como también eliminé las horas extras, que se daban para disimular un incremento de sueldos. Mi proceder se debió a que considero que las Delegaciones somos representantes del Consejo Profesional, quien nos ha delegado manejar sus fondos con claridad y corrección.

Otro caso que tuvo repercusión fue el despido de una empleada: Delia. Ya con Enrique como presidente, se decidió su despido debido a que era intolerable su intromisión en todo, lo que originaba la no concurrencia de matriculados para evitar su presencia. A pesar de los reclamos de los delegados, el presidente Enrique siempre tenía alguna excusa hasta que... se le terminó el mandato.

Al hacerme cargo de la presidencia y luego de haberle sacado la función de cajera a Delia para dársela a la otra empleada, después de una reunión noté la falta en caja de una importante suma de dinero. Para evitar una posible intervención del Consejo, la repuse personalmente, agregando como señuelo una cantidad menor, que, al desaparecer, me dio la certeza de que Delia había sustraído dichos importes: ahí, con la conciencia tranquila, me decidí a despedirla.

Sin conocimiento de ningún integrante de la Comisión, me comuniqué con La Plata para que sea despedida a fin de dicho mes. En vísperas de dicha fecha, reuní a toda la Comisión en mi Estudio, informándoles de lo hecho. Se imaginan el revuelo que se armó y las acusaciones que me hicieron, pero yo había dado el puntapié inicial para una buena reorganización administrativa. ¡Ah! me olvidaba, a los pocos días dos delegados se comunicaron con Delia para decirle que no tenían nada que ver con el despido ya que todo fue obra mía: uno gusta de actuar entre bambalinas y el otro sigue siempre en algún cargo en el Consejo Profesional.

Apliqué la modalidad de hacer durante el año, una o dos veces, las reuniones del Cuerpo de Delegados en cada una de las localidades donde hoy funcionan nuestras Receptorías: Pilar, Escobar y General Sarmiento, con un rotundo éxito, ya que las sesiones se constituían en reuniones de matriculados de la zona.

Invitado cierta vez por un grupo de profesionales a una reunión denominada “Charlas de Café”, donde se trataban varios temas relacionados con finanzas y economía, se me ocurrió introducirlas, con el mismo título, en nuestra Delegación. Se conversaría sobre temas profesionales, de bueyes perdidos, lógicamente café mediante, ya que la idea era que el matriculado tuviera un momento de relajación en una profesión muy tensionada. Hace veinte años que esas Charlas de Café no han perdido continuidad.

Por la actitud de algunos delegados en el caso del despido de la empleada Delia, decliné continuar otro año como presidente de la Delegación, por lo que seguí siendo delegado titular hasta que al año siguiente integré la lista como Consejero Suplente por la Delegación San Martín, en el CPCE de la Provincia de Buenos Aires.

Estuve en el Consejo seis años como Consejero Suplente y cuatro como Consejero Titular. Integrar este cuerpo de nivel político-profesional, me ha permitido tener más amigos, conocer a la gente sin careta, apreciar que la política a ese nivel es igual que a nivel nacional, provincial o en cualquier institución donde las ansias de poder corrompen posturas personales.

A los tres o cuatro años de estar en el Consejo, se produjo un hecho político que tuvo ciertamente incidencia en mi futuro allí. El Consejo se compone de 20 consejeros titulares y 20 suplentes, representando a tres regiones: La Plata, Interior y Gran Buenos Aires. San Martín —al que yo representaba en ese momento— pertenecía a la región del Gran Buenos Aires. Generalmente los titulares de Mesa Directiva eran de La Plata, por la practicidad de la actividad periódica que debía desarrollar el Consejo, siendo los “pro” de la Mesa, del Gran Buenos Aires o del Interior.

Finalizada una elección de autoridades, creo que fue octubre de 1991, el grupo del Gran Buenos Aires solicitó un cargo titular en la Mesa Directiva, advirtiendo que de no obtenerlo, no iban a colaborar en absoluto ni en Mesa ni en las distintas Comisiones de Trabajo, conservando únicamente la condición de consejero. Me parecía justo el reclamo, no así el procedimiento empleado para concretarlo, pues consideraba que la solución debía ser debatida en la Mesa Verde, que era la rama política de la agrupación “Lista Verde”.

Yo integraba una Comisión y a pesar de las presiones, no renuncié a la misma, en desacuerdo con el procedimiento empleado que, al único que perjudicaba era al matriculado. Fui el único que adoptó esa actitud y políticamente me lo hicieron pagar. A los dos años se llegó a un arreglo y si bien yo ya era Consejero Titular, en ningún momento pude acceder a un cargo a la Mesa Directiva, aún en una oportunidad en que mi designación era prácticamente inevitable.

Al respecto recuerdo a varios de los “políticos” del Gran Buenos Aires que apañaron esa actitud, incluyendo a los de mi propia Delegación, pero quiero destacar uno, no precisamente por su altura física ni moral, que timoneaba el grupo y que aún hoy se mantiene en el Consejo, como algunos otros, en un afán de poder mientras yo considero que se debería promocionar su integración con profesionales jóvenes con ansias de aportar desinteresadamente su trabajo comunitario en beneficio del matriculado. Ésa fue mi premisa al aceptar integrar el cuerpo de Delegados de San Martín y luego el CPCE de la Provincia de Buenos Aires. Siempre he considerado importante devolver a la sociedad parte de lo que ha invertido en mi educación para permitirme ser el profesional que soy. Una forma de hacerlo es actuando en asociaciones o consejos profesionales, con honestidad, sin canalizar dicha actividad en provecho propio y luego de un tiempo prudencial, dando paso a los jóvenes matriculados para continuar con dicha tarea.

De mi paso por el Consejo quiero destacar a una persona que, no sólo porque lo considero que fue pieza clave en el éxito de nuestro Consejo, sino también porque me dio su amistad, consejos y apoyo en mis intervenciones y proyectos presentados al Consejo. Su nombre, Alfredo, su cargo, Presidente del Consejo, cuando yo dejé mi cargo.

Durante mi actuación en el Consejo, considero haber cumplido con todas las tareas que me fueran encomendadas y en lo que respecta a mi Delegación San Martín, puedo afirmar que, con el gran trabajo de base efectuado por los colegas de Pilar y Escobar, pude lograr que el Presidente del Consejo, Alfredo Avellaneda, concretase la instalación de sus respectivas Receptorías.

Quiero destacar un hecho que me emocionó por su carácter de sinceridad y por el cariño que la gente, a la que yo mucho quería, me testimonió. Cuando me jubilé, un pequeño grupo de matriculados de Escobar, eran siete u ocho, me invitaron a un almuerzo en un restaurante de la zona, para testimoniarme su amistad de tantos años. Cuando concurrí quedé emocionalmente paralizado al ver que se encontraban presentes más de cincuenta profesionales, todos amigos, de Escobar, Pilar, Gral. Sarmiento y San Martín. Son recuerdos que, cuando aparecen, arrancan una sonrisa en mi cara y en mi corazón.

Por ello debemos recordar las cosas gratas y si bien las ingratas no se pueden olvidar, hay que arrinconarlas en un lugar oscuro de nuestro pensamiento y precisamente el final de mi actuación en mi Delegación, fue un caso para olvidar.

Antes de jubilarme integré la Comisión de la Delegación San Martín como delegado suplente y en una reunión presidida por el vicepresidente, un personaje de gran autoestima, me echó de la Delegación por apoyar yo la postura de un delegado, Valverde, que no le era simpático a varios delegados. No me fui en ese momento de la reunión, porque consideré ridícula la postura del vice, pero si renuncié a los tres meses para acogerme a los beneficios de la jubilación.

Este hecho me marcó un cierto rechazo a la Delegación, en su área Directiva, aunque conservo un gran cariño por el matriculado en general que siempre me ha demostrado y me demuestra su sincera amistad.

Quiero terminar el relato de mi actuación institucional-profesional con la mención de haber concurrido a varios Congresos Nacionales, como así también a las Convenciones que realizaba periódicamente nuestro Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires, habiendo presentado en varias oportunidades trabajos, de administración principalmente.

Quiero recordar aquí el último trabajo que presenté en una Convención realizada en la ciudad de La Plata, el año previo a mi jubilación. Y precisamente el tenor de mi trabajo era la organización de una residencia permanente para el profesional jubilado que así lo deseare, con el detalle completo de su funcionamiento, financiación y evolución de futuro que, no sólo fue aprobado por unanimidad, sino que tuve que dar algunas aclaraciones posteriores que me requirieron algunos consejeros interesados en el tema.

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Mis padres

En capítulos anteriores, principalmente en la descripción de mi infancia y adolescencia, he ido describiendo varios aspectos de la vida de mis padres, por lo que daré un nostálgico y, para mí, emocionalmente sentido pantallazo de ellos hasta que se han ido para siempre de nuestro lado.

Mi madre era una persona digna de ser estudiada: era callada, con una fortaleza que quebraba a más de uno. Además con ese espíritu silencioso, conseguía más, mucho más que otro con gritos y amenazas. Era la clásica idishe mame , pero con metodología particular.

Mi padre continuaba con su modalidad de trabajar de mañana y leer y escribir de tarde, todo ello en nuestra casa propia de Castro Barros 80, donde vivió hasta su fallecimiento y que mi madre abandonó más tarde, para vivir los últimos años de su vida con mi hermana. Quiero destacar que cuando se vendió Castro Barros 80, por decisión de mi madre, el importe obtenido se destinó para la compra de la primera oficina de mi hijo en la calle Montevideo 581.

Ya casado, yo solía visitar a menudo a mis padres, más por el hecho de tener que atender la zona, pues mi actividad de ese momento era el de empresario en muebles. Varias veces llegaba a la mañana, llevaba con el coche a mi padre para que efectuara la cobranza de su clientela, almorzábamos en casa y yo continuaba por la tarde mi actividad en la zona.

Generalmente los viernes a la noche iban a casa de mi abuela Dobe, donde se encontraban con mis otros tíos armándose unas reuniones muy interesantes, que se extendían hasta muy tarde. Con mi esposa solíamos frecuentar dichas reuniones al igual que mi hermana y Jaime, como también alguno que otro primo.

Después de la guerra, pasado un tiempo, muchas ciudades y pueblos, de Polonia principalmente, editaban libros sobre dichos pueblos, en homenaje a los muertos en la Shoá. Uno de los más famosos y mejores fue el “Ratner Buj” (Libro de Ratno), con la historia del pueblo, sus instituciones y el homenaje a sus pobladores muertos en la cruel y despiadada guerra. Uno de los artífices en la emisión del libro fue mi padre, no sólo por su dedicación casi plena para su edición, sino también por los innumerables artículos que escribió en ese libro y que permanecían en su archivo: debajo del almohadón de su silla de mimbre en nuestra cocina.

A los noventa y cinco años, en parte por su edad y en parte como consecuencia de la operación de unos años atrás, falleció mi padre. No podría repetir la costumbre automática de decir, cuando fallece alguien, era una buena persona, porque la opinión de todo el mundo y me refiero a todo el mundo, fue esa, porque era honrado, honesto en su relación mundana y una rectitud en su proceder que nos transmitió a nosotros, sus hijos, y nosotros tratamos de hacerlo con nuestros propios hijos, porque consideramos que es un legado divino.

No tenía fortuna y no la necesitaba; era feliz con mi madre con lo que poseían sin envidiar a nadie y probablemente envidiados por otros, viendo la felicidad que trasuntaban. Sería casi imposible volcar en el papel todos los recuerdos que me trae Castro Barros 80; quisiera describir algunos alegres, que los hubo y muchos, pero me viene a la memoria uno triste, que impactó en mí muchísimo.

Mi madre se quedó a vivir sola en la casa y no quiso ir a otro lado después del fallecimiento de mi padre. Cuando se produjo el fallecimiento repentino de mi sobrina Údele, fui encargado de darle la noticia a mi madre, que adoraba a mi sobrina. Toqué el timbre y al abrirme la puerta, miró mi cara y me dijo, no como pregunta, sino como una afirmación: “Falleció Údele”. La abracé y luego de algunos segundos o minutos de lógica descarga emocional, nos fuimos a lo de mi hermana.

Pasados varios días del fallecimiento de Údele, mi madre fue a vivir a casa de mi hermana con lo que no sólo clarificaba su existencia futura, sino también en parte la de mi hermana, por el apoyo moral que su presencia le significaba.

Yo la visitaba todos los sábados y poco a poco su salud, más bien mentalmente, se iba debilitando y hasta llegó un momento en que pensamos llevarla a un geriátrico, pero luego de visitar algunos y con el recuerdo del caso de mi abuela, decidimos —más bien lo decidió mi hermana porque mamá vivía en su casa— no internarla, gesto que siempre le he reconocido a mi hermana. Mi madre falleció en julio de 1993, cuando le faltaba un mes para cumplir noventa y cinco años.

En general para todo hijo sus padres fueron los mejores, con alguna que otra crítica de menor tenor, pero yo puedo afirmar que por los atributos de rectitud, sinceridad y solidaridad que nos inculcaron, lo fueron.

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Mi hermana y su familia

Con mi hermana Amalia siempre fuimos un poco compinches; fuera de lo familiar mantuvimos una buena amistad, la que perdura hasta la fecha. Me acuerdo que cuando yo tenía once años y ella trece, salió en mi defensa contra unos chicos que tuvieron que escaparse y también recuerdo una incómoda y dolorosa situación en la que prácticamente ataqué a su suegra por el terrible acoso que le hacía delante de mi cuñado enfermo.

Pero dejemos las situaciones de violencia y evoquemos a grandes pasos su historia. En la época de los años 1930/40, no eran muchas las mujeres que concurrían a un colegio secundario y cuando lo hacían, generalmente era al Liceo, para recibirse de maestra. De ahí es que en aquella época se notaba una pronunciada mayoría de maestras en las escuelas primarias.

La mayor preocupación de los padres era que las mujeres se casaran jóvenes, pues pasando los 22/23 años ya se les iba aplicando el mote de solterona. En eso mis padres no eran una excepción, pero enviar a mi hermana a estudiar en el Colegio Comercial conmigo, fue más que nada para apuntalar mi estudio ya que mi padre veía, y con razón, que era una carrera de futuro.

Amalia estudió hasta tercer año, era muy buena alumna, sin lugar a dudas superior a mí, aunque puedo aseverar que ese hecho me obligaba a esmerarme y ser un buen alumno.

Como ya mencioné en algún capítulo, concurríamos al Club Brenner, donde se reunía la gran mayoría de la juventud de la colectividad judía, con sus reuniones sociales, culturales y deportivas. Allí conoció a Jaime y todo lo demás ocurrió en forma habitual: enamorarse, pedido de mano, noviazgo y casamiento.

Quiero describir un poco la familia de Jaime y la idiosincrasia social que imperaba en aquella época en la colectividad judía, aunque creo que, en mayor o menor medida, debía ocurrir en las grandes colectividades, donde la inmigración de integrantes de las mismas, constituyeron la base del desarrollo de este país, para llevarlo, no sólo económicamente sino también culturalmente, a lo que es en la actualidad.

A los inmigrantes que arribaron después de la Primera Guerra Mundial, los llamaban “gringos” mientras los que tenían residencia de principio de siglo o anteriores, ya fuera por inmigración directa o por ser oriundos de las muchas colonias judías creadas en las postrimerías del siglo XIX, eran los “acriollados”. La diferencia se notaba hasta en las sinagogas: nosotros los gringos concurríamos a una que se constituyó en la calle Pavón, mientras que los otros concurrían a una de la calle Tucumán. Con el tiempo se fue diluyendo esa diferencia, pero en su momento lo fue como indicio de la diferencia socio-cultural de la colectividad judía de Lanús.

Volviendo a nuestra historia y a la familia de Jaime, mi cuñado, los padres tenían un negocio de mueblería, de regular concepto comercial, pero como la gran mayoría de los acriollados, aparentaban más de lo que eran. A Jaime lo apreciaba mucho porque tenía los pies sobre la tierra y una forma de ser que no se condecía con los demás miembros de su familia, a excepción de Felisa, su hermana mayor.

Los padres de Jaime no veían con buenos ojos su noviazgo con mi hermana, teniendo en cuenta que siendo él farmacéutico, aspiraban a un casamiento con una chica de familia rica, con buena dote y hete ahí que su hijo se enamora de una gringa, pero muy linda, que tiene un padre vendedor callejero, un cuéntenik, en idish, pero con una cultura inmensa producto de sus años de trabajo como maestro y estudios en su lejana Polonia.

Sí debemos decir que cuando había que apuntalar el porvenir de Jaime como farmacéutico, fue este cuéntenik, mi padre, que puso no sólo un hombro, sino ambos, para que Jaime pudiera instalarse, si bien no en la zona del Gran Buenos Aires, por lo menos con farmacia propia, en General Lavalle a unos 300 kilómetros de la Capital.

Estuvieron varios años en General Lavalle donde se produjeron acontecimientos gratos y otros ingratos. Entre los primeros cabe mencionar el más importante: el nacimiento de mis sobrinos y entre los ingratos destaco uno: la enfermedad de Jaime, el asma, que creo no lo adquirió en General Lavalle, sino que al tener un pequeño foco de la enfermedad, en aquella zona pantanosa la misma se desarrolló a pasos agigantados.

Volviendo al nacimiento de mis sobrinos aquí en Buenos Aires, permanecieron varios meses en nuestra casa, la que milagrosamente, con sus dos piezas, patio, cocina y baño, se transformó para poder atender con comodidad y amor a tres queridos personajes más.

En General Lavalle estuvieron varios años y luego se trasladaron a Avellaneda, donde adquirieron la Farmacia Pasteur, en una operación de compra-venta. Jaime era un buen farmacéutico y resultó ser mejor empresario y si bien la enfermedad le impidió realizar una actividad regular, ahí aparece mi hermana con un empuje y carácter que apuntaló la exitosa evolución económica de ellos.

Haciendo un memorioso recorrido, siempre he tenido una muy buena relación, no sólo con mi hermana como ya mencionado, sino también con mi cuñado, a quién quería mucho y que lamentablemente falleció de su enfermedad en la flor de la adultez. La entereza de mi hermana, que en vida de Jaime tuvo que actuar de ama de casa, de madre, de enfermera y de empresaria, es realmente de destacar y más todavía si tenemos en cuenta que mi sobrina había adquirido la misma enfermedad que mi cuñado: asma.

A mis sobrinos los quería muchísimo y estoy seguro de haber sido correspondido por ambos. Edgardo (Echi en idish) es de un asombroso parecido a Jaime y que, si bien estudió una carrera terciaria, al fallecimiento del padre tuvo que ayudar a mi hermana en las farmacias, ya que se fueron extendiendo gracias a la correcta administración impresa, llegando en cierto momento a poseer cuatro.

Para ello, contó también con el apoyo de mi sobrina Liliana (Údele en idish) que, aunque su enfermedad le restaba tiempo, estaba a la par en las tareas que le tenían asignadas. Le gustaba viajar y sin exagerar recorrió el mundo, quizás intuyendo que su vida se iba a truncar en su plenitud. Falleció a los 41 años, víctima de la misma enfermedad que se llevó a su padre.

Aproximadamente al año del fallecimiento de Jaime, mi sobrino se casó con Elsa; tienen tres hijos y actualmente un nieto y si bien tuve una muy buena relación con ellos, un fallido hecho comercial y la falta de tino en aceptar una reconciliación, catapultó la misma al abismo.

Someramente y sin entrar en grandes detalles, explicaré lo que yo considero fue el origen de la situación acaecida. Mi sobrino integraba una Sociedad Anónima llamda S.O.S. y en un concurso sobre diseño y estrategia de marca, intervino Gustavo y lo ganó. El trabajo principal fue entregado en fecha, pidiendo Gustavo que el manual de normas fuese entregado en dos meses, lo que fue aceptado por el presidente del Directorio. Al momento de tener que cobrar el saldo del trabajo efectuado, el presidente se negó a hacerlo con una exagerada soberbia, lo que dio origen a un cruce de cartas documentos primero y luego de una razonable espera de cuatro meses, al inicio de un juicio. En ningún momento tratamos de que mi sobrino interveniese en el caso, por pensar que podría comprometer su situación en el Directorio de la sociedad, al ser él integrante del mismo. Con respecto al juicio puedo comentar que se llegó a un arreglo favorable para Gustavo y posiblemente con mayores pérdidas para la sociedad S.O.S.

En principio allí se cortó la relación, en forma aparentemente definitiva y sin retorno, a partir de dos hechos que demuestran cómo la mente humana obnubila el raciocinio.

El primero fue en ocasión del casamiento de Gustavo. Con mi esposa Amalia pensamos que era un momento de alegría y, con razón o sin ella, era importante tomar la iniciativa para deponer actitudes. Decidimos que fueran los primeros en recibir las invitaciones y luego de un fracaso inicial de comunicación telefónica, en una posterior Edgardo nos dijo que no iban a ir al casamiento.

Luego, a los dos años de ese hecho, estando en el cementerio por el fallecimiento de mi madre, su abuela también, no se acercó a expresarme sus condolencias. Creo que con lo relatado, todo comentario está demás, por lo que continuaré con mi historia.

Mi hermana —con la que, a pesar de todo, mantenía mi amistad de siempre— luego del casamiento de mi sobrino Echi, trabó amistad con Julio, una buena persona, que le permitió mantenerse emocional y sentimentalmente en un equilibrio para encarar con entereza situaciones y hechos entre los que destaco nítidamente el fallecimiento de Údele.

Estoy escribiendo esto faltándome pocas semanas para cumplir ochenta y tres y se produce un hecho muy grato que revierte la situación de incomunicación que, durante veinte años he mantenido con mi sobrino Echi. Lo voy a relatar: próximamente se casa Darío, el hijo de Echi y puede ser que por conciencia y presión familiar, mi sobrino me llamó por teléfono con el fin de reanudar relaciones como si nada hubiese ocurrido, a lo que asentí y lo invité a un almuerzo que se concretó a los pocos días con una excelente predisposición de ánimo por parte de ambos. Yo personalmente, si bien con la conciencia tranquila por las diferencias del pasado, sentí un gran alivio de tensión familiar, que creo es lo mismo que sintió Echi.

Cabe una disquisición y es que pasados veinte años, con más edad, más experiencia, encaramos situaciones parecidas en forma distinta, más positiva. De ahí se infiere que la edad no sólo da experiencia, sino más sabiduría.

Esta historia continúa con una completa paz familiar, frecuentes reuniones con mi hermana, y periódicas llamadas telefónicas, lo que nos permite tener una unión activa y (pfú!, pfú!) excelente.

[Página 75]

Mi abuela Dobe

Un ser excepcional. En 1918, a raíz del asesinato de mi abuelo Abraham —cinco nietos de distintos hijos llevan en su homenaje su nombre, yo inclusive—, mi abuela se hizo cargo, con tesón y coraje, de llevar adelante el bienestar de toda una familia compuesta de siete hijos, seis propios y uno que había aportado al matrimonio mi abuelo, que era viudo, de nombre Jacobo, que adoraba a mi abuela con el mismo cariño con el que se quiere a una madre.

A principios de los años veinte se casaron los cuatro hijos mayores y al poco tiempo Jacobo se fue a radicar a Israel y Naún vino a la Argentina. Al poco tiempo y traídos por Naún, emigraron mi abuela y sus dos hijos menores: Berta y Salomón. Nosotros llegamos aquí varios años después, quedando en Polonia mis tíos maternos Raquel y Motl, que desgraciadamente, con sus familias, iban a formar parte de la lista de los seis millones de judíos masacrados por la bestia nazi.

Aquí en la Argentina, con cuatro de sus hijos, se constituyó en el eje, no solo del clan familiar sino también de la comunidad judía de Lanús, donde residíamos, por su bonhomía e inteligencia.

Si bien era tradicionalmente religiosa, leía los diarios ”idishes”, por lo que estaba siempre al tanto de la política nacional, mundial y de la colectividad, emitiendo siempre opiniones muy atinadas, que la convirtieron en mi ídolo. Debo resaltar que lo fue también para la totalidad de sus nietos.

Ya de mayor, casado, me encantaba visitarla. Vivía en casa de mi tía Berta y el estar en contacto con ella, surtía en mi un efecto de paz espiritual maravilloso. Me considero una persona de tomar decisiones, pero cuando en alguna oportunidad era muy seria y decisiva, visitaba a mi abuela y el estar con ella me facilitaba para tomar la decisión correcta con claridad y tranquilidad de conciencia. Me acuerdo de que cuando renuncié a Promotora, hecho que comento en otro capítulo, ello significaba perder para mí en ese momento el 60% de mis ingresos; sin embargo lo hice con convicción y tranquilidad: dos días antes había visitado a mi abuela.

Era una ferviente admiradora del Estado de Israel y su máximo anhelo era conocer la tierra prometida y ver a sus hijos y nietos que residían allí desde 1920. Mi tío Salomón, el benjamín de la familia, concretó sus sueños y en los años sesenta, con más de ochenta años, mi abuela visitó Israel. No voy a abundar en detalles comunes como la emoción de encontrarse con la familia, visitar lugares, parientes, pero sí voy a destacar su actitud al bajar del avión: se arrodilló y besó el suelo.

En cierto momento se enfermó mi tío Elias, esposo de mi tía Berta, en cuya casa residía mi abuela. En la imposibilidad de poder atenderla bien, ya que era persona mayor y necesitaba sus cuidados, en una reunión de hermanos decidieron internarla en un geriátrico. En una visita que le hice a la semana, no la reconocí y no dormí en toda la noche. Después de cambiar impresiones con mi hermana y mis padres, ellos resolvieron llevarla a su casa, que aunque incómoda —dos piezas, patio, baño y cocina— permitió que mi abuela reviviera allí. Había pasado unos quince días en el geriátrico.

Vivió en casa de mis padres hasta su fallecimiento a los 98 ó 99 años. Creo que está demás expresar mis sentimientos que aún hoy siento hacia ella. Son las mismas palabras del comienzo: era un ser excepcional.

[Página 77]

Núsele

Con mi amigo Núsele hemos vivido hermanados desde que yo tenía unos 12 años y él 14, hasta su fallecimiento en los años noventa, con períodos de encuentros esporádicos una vez que nos casamos o cuando emigró a Israel.

Ya he mencionado en un capítulo anterior las aventuras de nuestra vida de universitarios y precisamente me viene a la memoria una anécdota acaecida en una Sala de Primeros Auxilios donde Núsele era practicante en su época de estudiante. Solía ir a visitarlo los fines de semana para hacerle compañía y un día lo hice con amigo común, Gregorio, en cuya casa solíamos jugar al póker los sábados y domingos, en su período de auge. A los integrantes de la Comisión Directiva de la Sala, Núsele les había comentado que también éramos médicos para no tener problema con nuestra estadía allí.

Ese día, sábado a la noche, estábamos los tres en la Sala, se produce una llamada telefónica y Núsele tiene que salir a cubrir una emergencia quedándonos para aguardar su regreso. En el ínterin se presenta un miembro de la Comisión en busca de auxilio, porque en una fiesta en su casa, a dos cuadras de la Sala, se descompuso un invitado y nos pidió si podíamos solucionarle ese problema, ya que sabía que éramos médicos.

Gregorio, químico y yo contador, le contestamos que si Núsele no aparece enseguida, en cinco minutos estamos en su casa. Después de analizarlo rápidamente fuimos a hacer el auxilio y nos encontramos con un señor que tenía una flor de borrachera. Actuando rápidamente le recomendamos café negro ya, paños fríos en la cabeza y reposo; nos volvimos a la Sala donde ya se hallaba Núsele y entre risas, le contamos lo sucedido. No termina ahí el asunto, porque a los pocos días la Comisión Directiva le agradeció a Núsele la intervención que tuvimos Gregorio y yo.

Fueron varias las anécdotas vividas con Núsele durante la adolescencia y ya de casados ambos, solía concurrir a su casa, en ocasión de mis actividades comerciales en Lanús, para conversar y tomar mate con él y Susana, su esposa, ya que ése era el único lugar en que yo solía tomar mate.

Es imborrable para mi el momento en que, avisado que estaba muy enfermo, concurrí a su casa y lo encontré cubierto con un plástico transparente, casi todo el cuerpo en carne viva y una enfermedad denominada pénfigo, de la que nunca había oído hablar. Era una enfermedad que podía ser fatal y si bien estaba atendido por profesionales especializados, tengo la plena seguridad que la gran recuperación se la debe a sí mismo, por el entusiasmo, fe y dedicación en profundizar el estudio de su enfermedad y aplicar las medicinas necesarias. Tomaba diariamente más de cuarenta pastillas de todo tipo, principalmente antibióticos.

Las medicinas lo ayudaron en principio a resolver el problema, pero físicamente quedó muy debilitado, por lo que decidió cambiar el rubro de su especialidad en medicina para dedicarse a la hipnosis. Tanto en tiempo de Ethel, como de Amalia, formábamos un lindo cuarteto y recuerdo los gratos momentos que pasamos juntos.

Un día me dice: “Abraham, me voy a Israel”. Lo felicité porque iba a visitar Israel y me contesta: “Nada de visitar, nos vamos a radicar allí porque no veo futuro para mis hijos aquí”. Dicho y hecho: se radicó en Israel con toda su familia y aunque su hijo Danny volvió para continuar sus estudios aquí, en la Facultad de Medicina, sus hijas Patricia y Nora se casaron allí con sus novios argentinos y son muy felices hasta hoy.

Fue una alegría ver a Núsele y a Susana periódicamente, ya que Danny, una vez recibido, se casó y se radicó en Bahía Blanca. Cuando venía de visita a la Argentina, nuestros encuentros eran memorables, ya que, cuando no se hallaban en Bahía Blanca con Danny, salíamos casi todos los días o nos íbamos por unos días a Mar del Plata, como sucedió en varias ocasiones.

Entrañables recuerdos de un amigo, un gran amigo y porque no, MI AMIGO, recuerdos que se oscurecieron levemente el día que recibí una carta de él y no era su letra. Me escribía Susana para decirme que se había ido un hombre extraordinario con la tranquilidad y satisfacción de su lucha por la vida y que dejó, con el orgullo que él sentía siempre por ello, una linda familia que en la actualidad ya le han dado a su mujer, Susana, varios nietos y bisnietos.

Como un homenaje póstumo a este Gran Amigo, publiqué en el Boletín de la Delegación San Martín del Consejo Profesional que yo dirigía, una frase de su autoría: “La vida es otra cosa”. Firmado: Dr. Berl Listingart.

[Página 80]

Mi amiga Evi

Es una amiga del alma. Es contadora y la conocí en circunstancias que, profesionalmente, no tendrían que parecer las más óptimas para iniciar una amistad: ella venía a reemplazarme, si bien en forma provisoria, en el asesoramiento a un cliente a quién yo “despedí”.

La historia comienza con mi cliente planificando una acción ilegal con un gestor de San Martín sin mi conocimiento. Al enterarme por casualidad de su proceder, inmediatamente le dije que dejaba de ser su contador, pero me pidió que por lo menos me quede hasta el fin del ejercicio, faltaban tres meses, a lo que accedí teniendo en cuenta la buena relación que tuvimos por espacio de más de diez años.

En la necesidad de tener un profesional que pueda ponerse al tanto de los trabajos contables y administrativos que yo iba desarrollando en dicha empresa, el presidente de la misma recurrió a una vecina de su casa particular que era contadora: ya se imaginarán su nombre: Evi. Me impresionó muy bien por su trato suave y amable y se fue enterando, en esos tres meses, no sólo del motivo de mi alejamiento de la firma, sino también de la actividad que, como contador, desarrollaba en la sociedad. En ese período tuvimos una muy buena relación profesional, en lo que influyó para ello su singular personalidad.

Cuando, como ya lo mencioné anteriormente, me invitaron a formar parte de la Comisión de la Delegación San Martín del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires, pude notar que en la lista no figuraba ninguna mujer, por lo que opiné que era un gran error, ya que en ese momento la matrícula de Ciencias Económicas se integraba con un 30% de mujeres profesionales.

Aceptaron mi moción y como eran pocos los que tenían conocimiento amistoso con contadoras, me ofrecí a conseguir por lo menos una para integrar la Comisión. Fue así que me puse en contacto con Evi y en la posibilidad de poder contar con una amiga suya, integraron la Comisión Directiva de la Delegación San Martín.

Fue el comienzo, tanto de la integración de la mujer a la Delegación, como de mi bella amistad con Evi. Tanto cuando yo me desempeñé como vice, como cuando fui presidente, Evi integraba siempre las comisiones de trabajo, dirigiendo durante mi período como presidente, una de las comisiones más importantes: la de Cursos, donde se desempeñó con tal eficacia, que fue un gran éxito entre los matriculados.

Nuestra amistad se extendió de lo profesional a lo familiar con una muy buena relación con Antonio, su marido y sus tres hijos: Jorge, Adrián y Carina. Esta última venía con Evi a las reuniones, cuando apenas caminaba y se hizo muy amiga mía. Cuando este libro esté impreso será una flamante abogada, completando así una familia de profesionales con Jorge, arquitecto y Adrián, contador.

Consciente de la necesidad de conocimiento profesional, concurrió a varios congresos internacionales y también aquí a algunos congresos nacionales conmigo, interviniendo en las comisiones de temas de su especialidad.

Al tiempo que yo integré el Consejo Profesional de la Provincia de Buenos Aires, Evi formó parte del Consejo de Administración de la Caja de Seguridad Social con una correcta y elogiada actuación. Cuando en la Delegación se decidió que los cargos en el Consejo Profesional fueran rotativos, tanto Evi como yo fuimos los únicos que cumplimos con esa decisión, no así algún otro que aún hoy sigue aferrado al cargo.

Coincide conmigo en que la política, o más bien “politiquería” es perniciosa para una institución y considero que ese fue el motivo de su alejamiento, como también del mío, de la Delegación. La tranquilidad de conciencia que uno tiene, es haber hecho algo en beneficio de la matrícula, sin importar pérdidas personales, ni de tiempo, ni materiales.

Con Evi y familia, estoy seguro de que la amistad durará muchos años, ad eternum, porque está libre de intereses creados y eso ya es un factor importante para la existencia de una real amistad.

[Página 82]

Mi amigo Carlos

Es el único que no me tutea y a pesar de mi permanente insistencia, no logré que lo haga, así que lo dejé ahí.

Me acuerdo que cuando yo vivía en San Martín, el padre de Carlos tenía un bar: el famoso “Bar Don Julio” en San Lorenzo y Rivadavia. Parroquianos había siempre, teniendo en cuenta que además de los negocios y vecinos, las oficinas del Registro Civil se hallaban enfrente del bar.

Desde joven Carlos se ocupaba de los trámites de patentamiento de automotores y liquidación de impuestos provinciales, teniendo un buen éxito entre las más importantes concesionarias de automotores de San Martín por su seriedad y honestidad, atributos que lo acompañaron siempre y que nos permitió entablar una amistad que ya dura cincuenta años.

¿Cómo comenzó nuestra amistad? Él me conocía del bar de su padre, que se hallaba a media cuadra de mi casa y yo solía tomar esporádicamente un café allí. Un día se presenta a mi oficina de la fábrica de muebles y me comenta que se presentaron de la Comisión de Acción Fiscalizadora del Consejo Profesional de Ciencias Económicas, intimándole a que dejara de liquidar impuestos ya que esa tarea era de incumbencia de los contadores públicos. Me cuenta que había comenzado a estudiar Ciencias Económicas, pero al casarse y ya tener hijos pequeños, tuvo que dejar momentáneamente el estudio y me pedía si yo podía apersonarme a la Delegación San Martín para interceder por él ya que se comprometería, en el menor tiempo posible, a regularizar su situación y finalizar la carrera de Contador Público.

Me entrevisté con un amigo, Alloni, delegado del Consejo y le transmití el mensaje, asegurándole además que yo me responsabilizaba de su proceder porque conocía bien a Carlos y sabía que lo iba a cumplir. No entiendo aún cuando tenía tiempo para dormir, pues entre el trabajo, atender a una familia con niños pequeños y estudiar, de noche y en cualquier momento, le insumían prácticamente las 24 horas del día. Pero se recibió, por su tesón de cumplir con una meta, y este detalle pinta mucho la personalidad de Carlos.

Nos hicimos amigos e independientemente del estudio de cada uno, llegamos a tener clientes en conjunto, atendiendo Carlos la parte impositiva y yo la administrativo-contable de los mismos. Fue así que llegamos a tener hasta diez clientes de ese modo, los que se fueron perdiendo en el tiempo por diversos motivos y quedando, al momento de mi jubilación, uno solo, que continúa atendiendo Carlos. Y es precisamente un gran cliente a quién siempre he puesto como ejemplo de laboriosidad y trato con el personal. Me refiero a los hermanos Jorge y Francisco, a los que asesoramos por más de treinta años y que tuvieron en plaza un éxito insuperable, gracias a su forma de ser: honestidad, laboriosidad y amistad.

No sólo tuvimos una relación a nivel de actividad profesional, sino también en lo referente a política profesional, ya que actuó en la Delegación San Martín y también en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires, representando conmigo a la Delegación San Martín, siempre con la ética de todo profesional de bien.

La relación de tantos años, lleva a una un poco familiar, de ahí mi amistad con su divina esposa Kuky —que sí me tutea— y a sus muy buenos tres hijos, Patricia, Carlitos y Nancy, que conozco desde así de chiquitos.

[Página 84]

Grupo de Miércoles

Soy socio del Club Náutico Hacoaj desde 1958 aproximadamente y siempre mi concurrencia fue a nivel individual para la práctica de deportes, inicialmente fútbol y luego tenis, que sigo practicando hasta la fecha. Digo que concurría al club en forma individual, porque en ningún momento logré que mis respectivas esposas, cada una en su época, se interesaran en frecuentarlo, con un leve amague de Haydée, que al poco tiempo se esfumó.

Es así que en la mayoría de los casos mi concurrencia al club era los sábados, ya que los domingos los dedicaba a la familia. Salvo los momentos en que quedé solo, la tónica de mi relación con el club era la descripta. En uno de los tantos sábados me invitaron a integrar un grupo que se reunía todos los miércoles para jugar al tenis y ya hace más de diez años que pertenezco a al mismo.

Desde mi ingreso al grupo hasta la fecha, el programa de actividades que se encara los días miércoles, fue cambiando ostensiblemente. La base, que es el tenis, se mantiene sin modificaciones desde su creación, hace ya más de 25 años. Inicialmente, aún en los primeros años de mi integración al Grupo, después de jugar nos reuníamos a tomar un café con una o dos tortas que solían traer los integrantes, ya sea por cumpleaños o cualquier otro acontecimiento, retirándose cada uno a su casa o continuar con sus actividades, con la excepción de un pequeño grupo apodado “La Mafia” que se quedaba a jugar al buraco, degustando en el ínterin algún pedazo de torta que separaban a tal fin.

Poco a poco, la estructura de las reuniones se fue perfeccionando, pasando primero a ser un desayuno completo, luego una comida muy liviana y finalmente, en la actualidad, finalizada la sesión del tenis, vestuario y luego a saborear un almuerzo con todas las letras.

Lo importante a destacar es que, finalizado el almuerzo, durante más de una hora, se leen algunas notas, se discuten algunos temas o se analizan noticias de actualidad. Este Grupo está perfectamente organizado, con un Coordinador para dirigir las actividades programadas, un Tesorero que se ocupa del control de fondos, una Comisión de Admisión de nuevos integrantes del grupo, una Comisión de Cultura y una Comisión de Juegos, lo que permite que todo se haga en forma muy ordenada.

Además, lo interesante y original del Grupo es que todos los años, cercano al 8 de diciembre, realiza una salida conjunta de la gran mayoría de sus integrantes por cuatro o cinco días, a alguna playa donde, además de disfrutar del mar y de la naturaleza, se realizan todas las noches actos culturales, incluso el Kabalat Shabat de los viernes, como así también el insustituible juego de tenis.

Sin pecar de exagerado, puedo decir que este grupo es un hálito de vida. Si consideramos que el listado del grupo asciende a 40 integrantes, que el promedio de edad al cierre del año 2006 era de 76 años, tener una presencia en época normal del 70% puede ser considerada sorprendente y aleccionadora.

Para mí y creo que para la gran mayoría, es fascinante pertenecer a este “Grupo de Miércoles”, ya que uno espera ese día con ansiedad para estar con amigos, que al igual que uno, no bajaron los brazos por su edad, sino que los siguen moviendo, elaborando proyectos. Si bien esporádicamente se nos va algún integrante, nos deja un buen recuerdo de su paso, pero los demás siguen construyendo futuro.

[Página 86]

Yo y la actualidad

Llamo “la actualidad” todo lo sucedido a partir del fallecimiento de Amalia y que puedo ir relatando con cierta continuidad en los acontecimientos. Es así que impuse el criterio, al igual que en la situación similar que ya me tocó vivir, que la vida debe continuar con normalidad y me ajusté a ello.

No puedo dejar de mencionar todo el apoyo espiritual que recibí, no solo de mi familia chica, Gustavo, Silvana y mi hermana Malka, sino de amigos y colegas, ya que en ese momento integraba el Consejo Profesional de la Provincia de Buenos Aires.

Aún en vida de Amalia, yo concurría al club a practicar tenis los sábados, lo que seguí haciendo pero ampliando mi actividad deportiva al día domingo, con lo que completaba la semana con mi trabajo en el Estudio, alguna reunión profesional y visitas a mi familia.

En un marco de normalidad transcurría mi vida hasta que a fines de 1994, me encontré en la Delegación San Martín del Consejo Profesional con una colega, Alicia, que resultó ser amiga de más de cincuenta años de mi ciudad natal adoptiva: Lanús. Reavivamos nuestra amistad y durante tres años nos unió una buena relación profesional como de amigos, destacando que con ella realicé mi primer viaje a Israel. Cuando le informé a Gustavo de mi proyecto de viajar a Europa e Israel, me entusiasmó para que visitara Ratno, mi pueblo natal de Polonia.

Fue un viaje inolvidable: llegar a Madrid y en tres días visitar algunos lugares clásicos, luego París, recorriendo en seis días, sin pausa, prácticamente toda la ciudad. Contraté allí la estadía en Varsovia como escala para llegar a Ratno.

Polonia tenía, antes de la segunda guerra mundial, una población judía de más de tres millones quinientos mil y en la época en que yo estuve, septiembre de 1995, estaba reducida a tres mil (sí, ¡tres mil!). En Varsovia, en una visita que hice a la única sinagoga de la ciudad, me enteré de que quedaban trescientos judíos, toda gente mayor; algunos los vi allí. Luego de recorrer el barrio del Gheto, del que no quedan vestigios y ver los dos monumentos que lo eternizan, se te nubla el alma recordando el centro cultural judío que fue Polonia en general y Varsovia en particular.

En la actualidad Ratno no pertenece más a Polonia, ya que después de la guerra pasó a integrar el territorio de la actual Ucrania. Así que, después de muchas vicisitudes que rayan en lo anecdótico y que ocuparía mucho espacio contar, llegamos a Ratno. Me emocionó recorrer las pocas calles del pueblo en el que, si bien no queda ninguna de las casas que ya eran viejas en mi época, pude ubicar el lugar de nuestra última vivienda, la casa de mi abuela; me fui hasta el río, en fin, en segundos me transporté a mi niñez. Lo que me comentó luego Alicia es que yo tenía una expresión de ausencia total.

Ya de vuelta en Varsovia, nos embarcamos en El-Al a Israel y ya en Tel Aviv, una hija de Alicia, divina ella, que vivía con su familia en Ashdod, nos esperaba para trasladarnos al hotel que teníamos reservado. Entre visitas a gran cantidad de familiares y conocer lugares y ciudades, transcurrió, casi sin notarlo, mi primera estadía en Israel. La conclusión que saco de mi visita, es que uno ve un país pujante, deseoso de una buena relación con sus vecinos hostiles y que sigue batallando, porque sabe que su existencia es fundamental para una continua y firme evolución de la democracia en el Medio Oriente.

De vuelta al país, la rutina de siempre; mi actividad en el Estudio, reuniones familiares, mi actividad deportiva en el Club Hacoaj, donde ya había ingresado al “Grupo de Miércoles”, al que dediqué un capítulo aparte. A fines de 1997 mi amistad con Alicia sufrió un leve deterioro, producto sin duda, de lo que se llama “incompatibilidad de caracteres”, lo que nos llevó a un impasse en nuestra relación.

Y fue precisamente en ese momento que se produjo un hecho que modificó mis proyectos de futuro. El 8 de enero de 1998, a raíz de una fortuita llamada telefónica hecha por Haydée, que figura al comienzo de estos recuerdos como mi noviecita de la adolescencia, comenzamos a reconocernos y a crear una linda relación que, a la larga o a la corta, desembocó en el matrimonio.

La presentación de Haydée “en familia”, fue en ocasión de festejar mi cumpleaños número setenta y cuatro y la presentación “en sociedad” en la fiestita que se realizó cuando mi nieto Nicolás cumplió dos años. Aquí quiero relatar un hecho que me llenó de asombro. En la fiestita, Nico corría entusiasmado de aquí para allá y en la mano llevaba un sándwich de miga y las dos veces que pasó corriendo donde estábamos Haydée y yo, ella le pedía un pedacito de sándwich. No pasan cinco minutos y se aparece el Nico con un sándwich entero y si bien aún no hablaba una palabra, se lo entregó a Haydée como diciendo: “Tomá uno entero así no me pedís más cada vez que paso”. Estoy hablando de un niño de dos años y además... es mi nieto.

Al igual que yo, Haydée tiene un hijo único, Ricardo, casado en segundas nupcias con Carmen, ambos divinos y que curiosamente se complementan con Gustavo y Silvana como si se conocieran de toda la vida. Haydée no sólo es abuela de cuatro nietos, Karina y Hernán del primer matrimonio y Leandro y Melina de este último, muy queribles los cuatro, sino que en la actualidad ya tiene tres bisnietos.

Haydée, que siempre está con una sonrisa, es una mujer conformista: con la vida, con lo que tiene, con todo. Uno intuye que en los cincuenta y tantos años que no nos vimos, ella ya vivió toda una vida, cuyos detalles desconozco y no creo que me interesaría conocer, y que ha ayudado que se moldee su forma de ser simpática y agradable.

Haydée me integró a un grupo de nuestra adolescencia que se reúne todos los domingos en la casa de Luis y Polly. Cuando llegué allí por primera vez fue emocionante encontrarme con amigos que no veía hacía más de cincuenta años. Uno que se mira todos los días al espejo, no nota en absoluto el cambio de su fisonomía, si no la compara con fotos de épocas anteriores, pero ver a un amigo, de permanente contacto en la adolescencia, 18.000 días después, realmente te conmueve.

Nos seguimos reuniendo aún hoy y si bien tuvimos que lamentar la pérdida de Leibale primero y Luis últimamente, las reuniones continúan con los tés de la tarde, el intervalo para la charla, generalmente con la dirección de Salo y luego la cena preparada por las expertas Polly y Ñata. Son reuniones muy gratificantes a las que concurren también esporádicamente Ester, prima de Haydée, como así también Rebeca, hermana de Polly y Luisa, amiga de todos nosotros de los tiempos del Club Brenner de Lanús.

Entre septiembre y octubre de 1999, Haydée y yo viajamos a Israel en un tour que programamos con mi hermana y dos primos, Abraham y Lidia, acoplándose luego, ya en Israel, nuestros primos Berger de Brasil. El haber llevado a cabo ese tour, nos resultó excelente, ya que alquilamos una combi, contratamos un guía argentino, periodista y que oficiaba de chofer, para recorrer todo el país desde el Golan hasta Eilat. Resultó todo perfecto, ya que no sólo tuvimos un guía excepcional que casi todas las mañanas nos traía el diario argentino que bajaba por internet, sino también el buen tiempo, la paz o el impasse reinante en ese momento entre israelíes y palestinos, los encuentros con nuestros familiares, la celebración de Rosh Hashana y Iom Kipur en Israel, en fin, como dije antes, todo perfecto. Además al volver, completamos nuestro viaje con una excursión en el sur de España, lo que convierte toda esa vivencia en inolvidable.

En esa época, año 2000, ya estaba programando dejar mi actividad como Contador para jubilarme por la Caja de Seguridad de nuestro Consejo. Si bien podía jubilarme y seguir trabajando porque conservaba íntegramente mi ritmo y actualización en la profesión, consideré que era hora de dejar lugar a los profesionales más jóvenes, en la atención de nuestras incumbencias. Así que con prudente antelación comuniqué a todos los clientes del Estudio sobre mi retiro de la profesión.

En un acto que se realizó en la sede de la Caja de Seguridad Social del Consejo, con la presencia de Haydée y mi amiga Evi, el Presidente Pérez Novarini, un amigo, me entregó mi acreditación de jubilado, destacando que es la mayor que la Caja había otorgado hasta ese momento. Quiero mencionar un detalle que me satisface y gratifica y es el hecho de que, con el otorgamiento de la jubilación, me devolvieron una importante suma de dinero por “exceso de aportes”. Así como lo recibí, se lo entregué a mi secretaria Eva como reconocimiento y gratitud por todo lo que significó para mí su paso por mi Estudio.

Ya jubilado, con la mente fresca y una pareja, Haydée, con la que reavivamos sentimientos de la adolescencia, se me ocurrió, ni más ni menos, casarme ¡y por tercera vez! Lógicamente lo analicé conmigo y lo consideré correcto y positivo, ya que éramos conocidos y si bien eso fue años ha, considero que muy poco puede cambiar una persona con un carácter y cariño excelente. Además la relación que se produjo entre ambas familias fue llamativamente perfecta.

Todo ello me llevó a que el 26 de noviembre de 2001 me casara con Haydée, en una pequeña reunión familiar en la casa de Gustavo y Silvana. A la fecha que estoy escribiendo, han pasado más de cinco años de este acontecimiento y un cielo diáfano nos sigue protegiendo, lo que espero sea por muchos años más.

La jubilación me dio mucho tiempo libre y como me creo una persona organizada, traté de cubrirlo con actividad. Es así que dediqué dos días a mis tareas en la Mutual Universitaria, como integrante de la Comisión Directiva; el miércoles lo dedicaba a mis amigos del “Grupo de Miércoles” y así entre alguna visita familiar, salidas con Haydée, tomar un café y leer el diario en un bar y varias actividades más, cubría prácticamente la semana. Quiero destacar mi concurrencia, para deleitarme, a las prácticas deportivas de mis nietos.

Federico y Nicolás practicaban fútbol en el colegio Aequalis al que concurrían. Yo era un frecuente espectador de los partidos que jugaban y ya conocía casi a todos los padres que venían a retirar a sus hijos después del juego. Concurrir asiduamente algunos años, permite apreciar con asombro la permanente evolución en el juego que experimentan los chicos.

Quiero contar una anécdota sobre la “vida deportiva” de Nicolás. Comenzó a jugar al básquet en su Club Náutico Buchardo en la categoría mini, la menor de todas y un domingo a la mañana Gustavo me invita a ver un partido en Santos Lugares. El equipo de Nico nunca había ganado un partido y esa vez empataron. Seguí concurriendo a los partidos que jugaban y los ganaban todos, por lo que me convertí en su “mascota”.

Durante toda mi vida he hecho deportes y para mí es una enorme satisfacción que mis nietos los practiquen; me encanta cuando me comentan que Federico y Nicolás ahora están jugando fútbol, básquet y tenis. Hoy en día es muy importante que un chico lo haga porque así se aleja de los vicios mundanos, tan fáciles de adquirir como difíciles de desarraigar.

Unos dos meses previos a cumplir ochenta años, mis hijos Silvana y Gustavo me comentaron que tenían proyectado organizar una gran reunión con tal motivo y lo único que me solicitaban es que les dé la lista de invitados.

Les dije que quería que fuese una fiesta de la amistad y que todos los invitados sean amigos. Es así que además de mi pequeña familia amiga: hijos y nietos, estuvo la misma pequeña familia amiga de Haydée como también su hermano, mi amigo Lázaro, la familia de Silvana con la que tengo una excelente amistad, mi hermana que más que hermana es amiga, mi sobrina única preferida y más que ello amiga Laura con su hija Paula, mis amigos Evi y Carlos, mi amiga Betty, mi ex secretaria y amiga Eva, mi amigo Luis, socio de Gustavo, mis amigos de la adolescencia de las reuniones de los domingos, los amigos y parientes del tiempo de Amalia, Cecilia y León, Dyna y Raúl y finalmente completaba la fiesta la legión de amigos integrantes del “Grupo de Miércoles”. Lógicamente, todos con sus respectivos cónyuges.

Fue una fiesta inolvidable, con fuertes emociones de mi parte cuando proyectaron un video con la teatralización e historia de parte de mi vida donde se destacaba mi nieto Federico. Todo fue perfecto y aún hoy, cuando remiro el álbum de fotos de esa fiesta, en mi cara se dibuja una sonrisa, mejor dicho, una gran sonrisa recordándola.

Quiero relatar aquí un hecho, que por lo feliz de su resolución, me llena de satisfacción. A los pocos meses del fallecimiento de Amalia, resolví hacerme un chequeo, ya que todo el trajinar en los seis meses de enfermedad e internación de Amalia, me dejaron físicamente decaído. Ese chequeo lo hice con el Dr. Diament, quien fuera impecable en su comportamiento como médico de cabecera de Amalia en los últimos días de su vida. Hechos los análisis y estudios respectivos, me encontró un exceso de glóbulos blancos —creo que unos 13.000—, y me aconsejó que consultara al Dr. Santiago Pavlosky, especialista en hematología.

En agosto de 1995 concurrí al consultorio del Dr. Pavlosky y después de nuevos análisis, me informó que mi enfermedad era leucemia linfoidea crónica (LLC). Desde esa fecha hasta diciembre de 2004, me hacía controles periódicos cada tres meses, sin medicación alguna. Pero llegada esa fecha mis glóbulos blancos habían llegado a aproximadamente 70.000, con la consiguiente repercusión negativa en los glóbulos rojos y plaquetas.

En diciembre 2004, luego de un estudio especial que me fue desfavorable, el Dr. Pavlosky decidió aplicarme una quimioterapia que incluía una droga de reciente aparición y de efectos muy positivos. Durante el año 2005, con intervalos de unos dos meses, me hicieron cuatro aplicaciones de intensidad decreciente, que lograron ir estabilizando los glóbulos blancos y por ende los rojos, por lo que todo ello me permite llevar una vida normal, con una buena actividad física, incluyendo tenis, y todo gracias a lo que yo considero una excelente gestión de un gran profesional, como lo es el Dr. Santiago Pavlosky.

[Página 93]

Mi cierre de recuerdos y vivencias

No podría afirmar que lo relatado es la historia de mi vida —lógicamente hasta ahora—, porque más bien considero que es la estructuración de los hechos, datos, y acontecimientos que más impacto tuvieron en mí y que, bien o mal encarados, permitieron que lo haga aquí y ahora. A medida que uno escribe, las imágenes se deslizan con vértigo en la mente, quedando transportado a los lugares y hechos relatados.

Si bien es imposible, no solo por el espacio sino también por la memoria, volcar todo lo ocurrido en mi vida, lo relatado trata de reflejar mis vivencias de la forma más ajustada a la realidad, pues considero que han quedado grabados en mi memoria hechos impactantes y formadores de mi personalidad.

Puedo asegurar que esa personalidad, que en gran parte se hereda así como también se transmite, me ha permitido llegar a esta altura de mi vida con la certeza de haber actuado a conciencia en todos mis actos, tratando de ser justo en mis decisiones, sin ánimo de perjudicar a alguien, amigo o no, en beneficio propio.

Soy respetuoso de las normas que rigen la sociedad y veo con tristeza que aquí mucha gente no las respeta anteponiendo el bienestar personal al general, creando con ello una desigualdad que produce situaciones sociales que nos ubican como país muy lejos, no sólo de lo ideal, sino también de lo normal y aceptable.

Mis muchos verdaderos amigos, entre los que incluyo algunos parientes, aceptan mi personalidad en un ambiente de mutuo respeto, que nos permite discutir ideas, intercambiar consejos, conocernos en mayor intimidad y seguir siendo amigos.

Quiero dejar expresado con tranquilidad de espíritu, que tanto en mi vida privada como en mi actuación profesional, la ética fue como la religión para los creyentes. Ello me ha permitido mirar a todo el mundo a los ojos, con la frente alta, con la conciencia tranquila y con la seguridad de que esa forma de ser, fue y será correctamente absorbida por mis futuras generaciones.

Pero lo más importante:

¡SIGO PROYECTANDO FUTURO!

 

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Updated 24 May 2013 by LA