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Mi niñez en Polonia

Nací el 23 de abril de 1924 en Ratno, Polonia. No tengo idea de la hora en que se produjo mi nacimiento y recién tuve conciencia de su “importancia” cuando hace algunos años me quisieron confeccionar una carta natal y ya era tarde: no tenía a quién preguntarle.

Puede decirse que Ratno era, más que pueblo, una pequeña ciudad ya que en aquella época no alcanzaba a seis mil habitantes, distribuidos prácticamente por mitades entre judíos y no judíos. Atravesada por el río Pripet, era un paso obligado en la ruta que unía Kowel, un importante centro ferroviario, con Brest Litowsk, importante centro comercial polaco. Mi afirmación de que Ratno era ciudad se basa no solo en que estaba rodeada de varias aldeas que no superaban los 600 habitantes, sino que la he localizado en varios mapas de Polonia.

La clase media, a la que pertenecían mis padres, era de un perfil muy cultural, alternando sus reuniones sociales con charlas literarias como también políticas, ya fueran temas internacionales así como los referidos al judaísmo, donde ya se distinguían en forma notable los propulsores del sionismo en todos sus matices: el Hashomer (socialista), el Betar (derecha) y los Allgemeine (centro). Tan importante era la politización del sionismo que los chicos, desde que tenían uso de razón, ya discutían sus diferencias en la escuela, en la calle o en los locales que reunían a la juventud de cada partido.

Mis recuerdos de la niñez son claros y en realidad no sé si se debe a mi buena memoria, o a repeticiones propias o escuchadas de situaciones, hechos o vivencias. Pero sí puedo recordar con nitidez —y no había cumplido aún los cinco años— la vieja casa de mi abuela Dobe. Y la nombro solo a ella porque a mi abuelo Abraham, a quién no llegué a conocer, lo mataron los ucranianos en 1918, en uno de los frecuentes progroms que hacían cuando se les ocurría. Cinco nietos llevamos su nombre en homenaje, dos de los cuales fallecieron en la Shoá . La casa tenía un jardín con una hamaca en el frente y en el fondo una importante plantación de frutas y verduras para consumo propio, hecho que podía apreciarse en muchas de las casas de Ratno.

Recuerdo que cuando mi única hermanita Malka, casi dos años mayor que yo, iba a la escuela, yo pataleaba y lloraba porque también quería ir, hasta que logré que el maestro Ketzker, un tipo inolvidable, me admitiera. Me sentaba en el banco de adelante, pero nunca me tomaba las lecciones, que yo conocía de memoria por escuchar estudiar a mi hermana. Nuevamente pataleaba hasta que me preguntaba algo de vez en cuando. Así fue hasta que al año siguiente ya ingresé oficialmente al colegio Tarbut.

La enseñanza de las materias que componían el plan de estudio se hacía en idioma hebreo, aunque algunos días de la semana teníamos horas de idish y de polaco. El maestro Ketzker, que era también el Director del Tarbut, era tan estricto en cuanto al idioma hebreo que nos obligaba, aún fuera de la escuela, a hablar con los otros chicos en hebreo, con penitencia y castigo si no lo hacíamos.

Cabe hacer una aclaración demográfica y es que la mayoría de la población judía vivía en el centro de la ciudad, prácticamente alrededor de lo que era el markt, el mercado central del pueblo, que en ciertos días se llenaba de puestos de venta de todo tipo de productos. A medida que se distanciaba del centro, iba disminuyendo la población judía, con mayor predominio de la población no judía.

¿Cuáles eran nuestros juegos y pasatiempos? Leer, ir al río, en verano a bañarse (aunque mi madre no me lo permitía) y en invierno a patinar sobre la gruesa capa de hielo que se formaba sobre su superficie. Quiero destacar que en invierno los patines se usaban en forma casi permanente ya que, al ser todas las calles de tierra, en esa estación se congelaban por las muy bajas temperaturas reinantes, y su uso facilitaba el traslado de un lugar a otro.

Además de los juegos atléticos comunes a la gente joven, quiero destacar la concurrencia en las tardes a las sedes de las respectivas ramas políticas del sionismo, donde entre cantos y bailes uno pasaba momentos felices con sus amigos. Mirando en retrospectiva un joven de hoy se extrañaría cómo se podía vivir sin televisión, sin cine y sin radio, y yo que lo experimenté, afirmo que no solo se puede sino que deja recuerdos que rayan lo inolvidable.

Lo religioso, aún dentro de una sociedad que tenía un gran espectro liberal, aglutinaba a toda la población en su judaísmo. Ya el viernes a la tarde se “olía” la llegada del Shabat. Temprano se cerraban los negocios y a la caída de la tarde se podía ver a los hombres dirigiéndose a las sinagogas que en su mayoría —creo que había cinco o seis— se hallaban muy cerca una de otra. En general cada familia, siguiendo la costumbre de generaciones, concurría a una determinada sinagoga, y algunas de ellas tenían el nombre del rabino al que se veneraba, mientras que otras se conocían por la profesión de sus concurrentes. Mis padres concurrían al Stephenier Szul en homenaje al rabino de Stephen. Unos tíos míos concurrían al Trisker Szul por el rabino de Trisk.

Era llamativo el respeto que los chicos teníamos hacia los ancianos que representaban la solemnidad de lo religioso. Recuerdo que cuando llegábamos a la sinagoga yo iba a saludar a un pariente, un anciano con toda la apariencia de un hombre santo, que me infundía un respeto indescriptible. Mi continua concurrencia a la sinagoga me permitió ir aprendiendo gran parte del Sidur casi de memoria y aun hoy quedan grabadas en mi mente frases litúrgicas.

Concurrí uno o dos años al jeder para estudiar la Biblia y los comentarios de sus diversos capítulos hechos por los sabios religiosos. Era toda mi relación con lo religioso, que entre nosotros, los judíos, se confunde muchas veces con lo tradicional. Mi forma de ver la religión era tener respeto a todo lo tradicional y ello respondía a la influencia de mi padre, que fuera maestro, un intelectual, conocedor y lector de la literatura universal en general e idish en particular, con una fuerte inclinación a escribir y con una mujer, mi madre, que lo acompañaba en todo. Tengo todavía en mi poder una libreta de tapas negras con las poesías que mi padre le escribía a mi madre, generalmente en ruso o en polaco, y lo que debo y pienso hacer es traducirla al castellano para conocer más su fino estilo de poeta.

Vivíamos en una casa frente al markt, que tenía un salón en el frente y al fondo la vivienda. En el salón mi padre tenía un negocio de indumentaria y alternaba su atención con mi madre cuando él se ausentaba a Varsovia u otros centros mayoristas para la compra de mercaderías. Nuestra situación económica se fue deteriorando debido a los altos impuestos que había que pagar y unido a ello el gran incendio que arrasó las casas de lo que sería una cuadra, siendo la nuestra la última; éste fue el incentivo para que mi padre buscara nuevos horizontes. De este incendio quedó solo una pared, la nuestra, hecho que cuando llegué a la Argentina describí en un artículo de “El Diario Israelita” en la sección “El rincón de los niños”.

Mi padre tenía dos hermanos y una hermana en Estados Unidos; esta última, la tía Sara, en muy buena situación económica, le envió los papeles para radicarse allí. Por parte materna tenía a mi abuela Dobe, dos tíos y una tía en Argentina, hacia donde emigraron siguiendo los pasos de otros parientes pues no veían futuro en Polonia. Como la mujer es débil, siempre triunfa, por lo que se habrán imaginado que mi padre se embarcó para la Argentina en 1932. Yo tenía ocho años.

Al producirse el incendio que mencioné anteriormente, nos mudamos a casa de una familia Karsz: madre viuda con dos hijas, la menor Golde, de mi edad y la mayor Jane de la edad de mi hermana. Fue un período feliz de mi vida ya que el intelecto de Ratno se reunía periódicamente en dicha casa y nosotros, los chicos, no podíamos estar ajenos a las innumerables discusiones sociales y políticas que se producían, como así también a las amenas reuniones sociales.

Como ya mencionado, yo era del Betar, ala derecha del sionismo y tanto mi hermana como las hermanas Karsz pertenecían al grupo del Hashomer, ala izquierda del mismo, por lo que se armaban unas “guerras” de cantos partidistas, que aún hoy, con una sonrisa y un dejo de tristeza, recuerdo con mi hermana. Como la gran mayoría de los habitantes de Ratno, con muy pocas excepciones, la familia Karsz fue víctima de la Shoá.

Y llegó por fin el mes de febrero de 1934, cuando comenzamos los preparativos para emigrar a la Argentina. Muchas despedidas no pudimos hacer, por lo menos públicas, ya que debido al incendio mi padre había quedado con deudas impositivas, y tuvo que irse con apenas lo necesario para poder viajar. Nosotros vivíamos con lo que mi padre nos enviaba del fruto de su primer pero popular trabajo entre los judíos aquí en la Argentina: el cuéntenik . Sin embargo supo combinar su trabajo con su predilección por la actividad literaria, ya que solía escribir mucho y leer otro tanto.

Fuimos a Kowel en ómnibus y allí tomamos el tren a Varsovia, que me resultó algo imponente, si tenemos en cuenta que era la primera vez que llegaba a una gran ciudad. Nos quedamos dos días para completar los trámites consulares y luego nos dirigimos en tren a Gdynia, sobre el Mar del Norte. Era la primera vez que veía un mar con un oleaje tremendo y se pueden imaginar lo asombrado que estaba yo, un chico de casi diez años, a quien el agua del mar daba la sensación de tragárselo.

En un barco que parecía una cáscara de nuez bailoteando en aguas embravecidas y luego de un viaje en que la mayoría de los pasajeros no se levantaron de la cama —con pocas excepciones entre los que me incluyo— llegamos a los tres días a Inglaterra. Fuimos alojados en el Hotel de los Inmigrantes unos seis días hasta la fecha de salida del barco SS Alcantara desde Southampton.

A principios de abril de 1934 abandonábamos para siempre Europa, sin vislumbrar la noche negra que se avecinaba allí, para radicarnos en la famosa América, precisamente aquí, en la Argentina.

Viajamos en tercera clase con muchos otros emigrantes que también se dirigían a la Argentina para encontrarse con esposos, padres, novios, que se habían ausentado con antelación a fin de cimentar una pequeña base económica y poder traer luego, con tranquilidad, a la familia.

Luego de mas de veinte días de viaje, con paradas en varios puertos y habiendo cumplido yo en el ínterin diez años, el 26 de abril de 1934 arribamos a Buenos Aires. Al pisar tierra comenzaba para mi una nueva vida que, sin duda económicamente iba a ser mejor, y aunque al comienzo sentía cierta nostalgia por todo lo afectivo que había dejado atrás, en poco tiempo, con nuevos amigos y nuevas condiciones de vida, todo lo anterior quedó transformado en un grato e inolvidable recuerdo.

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Ya en Argentina

A la salida de la aduana, con mi padre y un tío que lo acompañó, tomamos un tranvía que nos llevó hasta Lanús, donde íbamos a residir. Destaco ese hecho porque era la primera vez que subía a un tranvía y además estaba tan absorto con las luces de la gran ciudad, que en todo el trayecto no pronuncié una palabra y estuve totalmente ajeno a las preguntas que me hacía mi padre.

Al llegar a Lanús, nos dirigimos a la pequeña casita que alquiló mi padre en Castro Barros 175, donde había en un jardín del frente, un arbolito de mandarinas que iba “liquidando” poco a poco, porque me encantaban.

Durante el siguiente mes de mayo de 1934 no hicimos más que contactarnos con algunos chicos vecinos, visitar a familiares y recibir la enseñanza que nos daba nuestro padre, como buen maestro que era, de algunas palabras del castellano básico. Para junio papá nos había conseguido una maestra, ex directora de escuela, cerca de casa: la señora Catulo. Puedo asegurar que los dos meses que estuvimos con ella, adquirimos una fuerte base del idioma castellano, lo que nos permitió ingresar en el mes de agosto, faltando cuatro meses para terminar el ciclo lectivo, a cuarto grado en la Escuela Nº 72 de la calle Monroe. No tuvimos problema para finalizar como muy buenos alumnos, más teniendo en cuenta que en las materias básicas universales, veníamos con ventaja.

Quinto y sexto grado lo cursamos en la Escuela Nº 37 de la calle Ituzaingó, ya en Lanús Este, con el maestro Raiter y la Sra. De Ciarlo respectivamente. El cambio de escuela se debió a nuestro cambio de domicilio. Mis tíos Berta y Elías compraron una casa en la calle Basavilbaso 4680, Lanús Este, una clásica vivienda de cinco piezas en línea, un patio que las bordeaba, un baño, otra pieza chica y una gran cocina enfrente de esta última. Además tenía un gran fondo con terreno y una pequeña edificación, destacándose una enorme higuera, a la que solíamos trepar para comer sus frutos, o juntarlos para que las mujeres de la casa lo convirtieran en un exquisito dulce. Allí vivíamos todos: mis tíos, mi abuela, nosotros y hasta un primo de mi tío Elias que se casó luego con una prima de mi madre.

Éramos una familia muy unida con la decisiva coordinación de mi abuela Dobe. Fue la única de mis cuatro abuelos que llegué a conocer, admirar y tener como guía espiritual de decisiones importantes en mi vida. Quedó viuda en el año 18 cuando mataron a mi abuelo y a los 40 años se convirtió en jefa de familia con siete hijos, el mayor de 22 años y el menor de 5. Lo superó con éxito y en 1929 emigró a la Argentina junto con los dos más pequeños: Schloime (Salomón) y Braja (Berta). Ya se hallaba allí otro hijo, Naún, que emigró en el año 1926.

Mis padres, Idel (Jehudá) y Guitl (Catalina) se conocieron en las reuniones sociales y culturales que mencioné anteriormente y en las cuales mi padre se destacaba por su gran cultura literaria. Estaban muy enamorados y mi padre le escribía siempre poemas en la libretita de cuerina que ya mencioné y que aún conservo. Se llevaban unos diez años y dentro del segmento de una clase media económicamente baja, fue constante su esfuerzo por dar la mejor enseñanza y educación a sus dos hijos: mi hermana Malka y yo.

El inmigrante judío, en su gran mayoría, al llegar a la Argentina se dedicaba a trabajar como cuéntenik actividad que consistía en vender principalmente indumentaria y ropa de cama en cuotas semanales o mensuales, prácticamente sin garantía alguna. Existían dos grandes cooperativas, como así también negocios mayoristas, donde los cuénteniks se surtían para cumplir con el pedido de los clientes. Pasado un tiempo, la gente más joven lograba abrir su propio negocio por menor o en sociedad un negocio por mayor. Lo clásico del trabajo de los cuénteniks era que, para trasladarse, usaban en su mayoría bicicletas con portaequipaje, también algunos tenían sulky y muy pocos automóvil.

Mi padre siempre lo hacía a pie y generalmente trabajaba durante las mañanas, ya que a la tarde solía concurrir a los negocios mayoristas para la compra de los productos que le encargaban, o se quedaba en casa leyendo “El Diario Israelita” y luego de su cierre el “Di Presse”. También leía libros y solía escribir, muy a menudo, sobre diversos temas y lo curioso es que lo hacía en la cocina “archivando” sus escritos debajo del almohadón de su silla de mimbre. Mi madre, una mujer callada que se desvivía por su familia, amaba mucho a mi padre y cuando él falleció en 1980, ella se lamentaba por no haberle dicho con frecuencia todo el amor que sentía por él. Para ayudar a la economía familiar en los primeros años, mi madre tenía pensionistas para los almuerzos, que eran en su casi totalidad paisanos solteros, complementando con ello los ingresos de mi padre en su actividad como cuéntenik.

En el barrio me hice de varios amigos y como era clásico en aquella época, el deporte favorito era el fútbol y lo jugábamos en una calle lateral que era asfaltada, interrumpiendo el juego solo cuando se acercaba un ómnibus, lo que ocurría cada veinte minutos. Mi padre nos inculcó el interés por la lectura, por lo que nos volvimos asiduos concurrentes a la Biblioteca Socialista de la calle Sarmiento, leyendo prácticamente toda la colección de Salgari, Dumas y otros autores, lo que nos permitió, a los pocos años de estar en el país, tener la fluidez del nativo en el manejo del idioma castellano.

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El Comercial de Avellaneda

Finalizada la escuela primaria había que pensar en la carrera a seguir, ya que uno debía ir previendo como labrarse un futuro. En aquella época la mayoría optaba por los colegios nacionales, para poder luego ingresar a la universidad en las carreras clásicas: medicina, abogacía, ingeniería, etc. Otros, en su mayoría mujeres, se orientaban al liceo que les permitía, en una carrera corta, tener un título económicamente útil: maestro. Una minoría buscaba otros horizontes con el colegio comercial y es lo que mi padre eligió para mí y también para mi hermana, como apoyo para mi aplicación al estudio.

Ingresamos al Colegio Nacional de Comercio de Avellaneda, ubicado en un edificio recién terminado de la calle Berutti, con un terreno al lado en el que jugábamos un “picado” antes de ingresar a clases. El colegio era mixto, varones de mañana y mujeres de tarde, pero a partir del segundo año y por la deserción de algunos alumnos, se sortearon unos seis del turno mañana para integrar una división de tarde; ya se imaginan que uno de los sorteados fui yo.

Si bien al comienzo uno no se conformaba, con el tiempo se da cuenta de la importancia de convivir, en amistad y compañerismo, con las chicas para el futuro desarrollo en su vida de relación, más si tenemos en cuenta que no habíamos llegado a 1940, época en que aún existían los tabúes y diferencias notables en el trato entre ambos sexos. Puedo decir, sin entrar en exageraciones, que fui un buen alumno, ya que aparte de figurar asiduamente en el cuadro de honor por promedios altos, mis padres recibieron una carta del director del colegio, Miguel Angel Boreau, bellísima persona, felicitándolos por mi aplicación al cierre del ciclo secundario.

Dos materias tuvieron una incidencia fundamental en mi paso por la secundaria: el idioma inglés, que con una gran profesora como lo fue la Srta. Williams, me permitió terminar el colegio con una buena base, que fue decisiva para conseguir mi primer empleo, y la otra, caligrafía. Yo tenía un trazo de letras ilegible y gracias—ahora digo gracias— a las tareas y severidad de mi profesor de caligrafía, que nos abarrotaba de deberes para los sábados y domingos, he logrado tener una letra que, no porque yo lo diga, es elogiable.

Mi vida en la secundaria está salpicada con muchas anécdotas, que creo son comunes a todas las escuelas secundarias, pero quiero destacar una que, por original, graciosa, truculenta —califíquenla como quieran— merece ser contada.

Este hecho sucedió en quinto año, ya casi al finalizar el ciclo. Nuestra división se componía de veinticinco varones y una mujer: Fernández. Tengamos en cuenta que desde primer año, con cuatro divisiones de inglés y una de francés, llegado a quinto año esta última se redujo a siete alumnos que pasaron a integrar nuestra división. Aparte de ser un grupo muy unido, eran muy revoltosos. Estábamos en la clase de “Educación Civil y Práctica Forense”, con un profesor que, aunque no recuerdo el nombre, era uno de los más queridos. En eso estalla en el aula un petardo de gran poder, que retumbó como si se hubiese venido abajo el edificio. El susto de los que no sabían que iba a suceder y del profesor fue inimaginable, como así también de todos los que se hallaban en el colegio que vinieron corriendo al escuchar el estallido.

En síntesis, estuvimos las cinco horas en penitencia, con la sanción pendiente de aplicarnos veinte amonestaciones a cada uno, lo que prácticamente convertía en alumnos libres a la gran mayoría de la división y por ende obligaba a tener que rendir todas las materias para aprobar el año, sin tener en cuenta las calificaciones que uno hubiera tenido durante el ciclo lectivo. Finalmente Gulo, del “grupo francés”, autor del estallido, se presentó a la Dirección como responsable del hecho. La medida que tomó el Director fue expulsarlo del colegio.

A las doce de la noche tocan el timbre en mi casa; ya vivíamos en Castro Barros 80. Con lógico susto llego a la puerta y pregunto “¿quién es?”, a lo que una voz conocida me contesta: “Laner”, compañero de mi división e integrante del “grupo francés”. Abro la puerta, veo en un coche otros integrantes del grupo y me comenta que Gulo se suicidó porque tuvo graves problemas en la casa y que ellos estaban recolectando fondos para el envío de una corona en nombre de la división, y que venían de lo de Papaceit, otro alumno vecino mío —medalla de oro del colegio— quien le había dado diez pesos. Yo le digo que en este momento no tengo nada y que al día siguiente llevaría dinero al colegio.

En realidad el grupo venía de ver al Director, que vivía en Banfield, y había logrado que reviese su decisión de expulsión y lo declarase “libre”, por lo que para aprobar el año Gulo tuvo que dar examen de todas las materias.

A las siete de la mañana se aparece en mi casa Papaceit, que vivía a unas tres cuadras, para ir juntos al velorio antes de entrar a clase. Nos fuimos a Avellaneda y cuando doblamos por avenida Mitre hacía la calle donde vivía Gulo, pude notar que todo estaba muy tranquilo, teniendo en cuenta que la casa estaba a menos de doscientos metros. Sin comentarlo empecé a sospechar de alguna broma, lo que confirmé a los pocos metros al ver que de lejos se acercaba Gulo. Papaceit no lo percibió por usar anteojos y yo se lo comuniqué para que no se sobresaltase. Cuando nos encontramos con él, Gulo nos preguntó hacia donde nos dirigíamos; le dimos una respuesta fútil. Ya en el colegio Papaceit trató por todos los medios obtener la devolución de los diez pesos, aún recurriendo al Director, pero todo fue inútil, nunca los pudo recobrar.

Uno añora a estos compañeros del secundario, muchos de los cuales ya no están, lamentando no haber traducido en costumbre, como sucedió y sucede en otros colegios, el reunirnos anualmente. No lo hicimos, y cuando se cumplió el cincuentenario de la inauguración del colegio, que coincidió con los cincuenta años de haber terminado el ciclo secundario, fueron invitados al acto los de mi promoción: nos presentamos cinco.

Después del acto, nos fuimos los cinco a tomar un café y en una muy amena charla, nos explayamos sobre nuestras vivencias en estos cincuenta años sin contacto entre nosotros. Emotivo encuentro que finalizó con la promesa de encontrarnos los cinco todos los años, avisando también a los que faltaron y que cada uno conozca. No pasó nada.

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Vida social y universitaria

En 1932 fue elegido presidente el general Agustín P. Justo, cuyo período presidencial abarcó mi concurrencia de tres años a la escuela primaria y dos de la secundaria. Fue un período de gran estabilidad económica, factor preponderante para que se produjera la gran inmigración europea entre la que nos contamos nosotros. Al estudiar uno toma conocimiento de la importancia de nuestro país, que superaba por lejos la producción y exportación de la mayoría de los países agropecuarios, como Australia y Canadá; este último hoy se halla entre los Ocho Grandes (G-8). Ahí se da cuenta de lo perniciosa que es la política, de cualquier vertiente y signo, puesta al servicio personal y del partido, y en detrimento de la positiva evolución del país.

No se puede medir con exactitud, pero diez años de gobiernos que se autotitulaban populares nos atrasaron más de cincuenta años en nuestra evolución y es lamentable porque en la actualidad para la Argentina es muy difícil llegar a un lugar destacado. Es como dice el refrán: para caer en un pozo se tardan segundos, para salir, horas.

De dicha época es la creación del Club Brenner, con la dedicación de varios jóvenes, principalmente de mi pueblo natal, entre los que se encontraban mis dos tíos maternos, Naún y Salomón. En una mansión de la calle O'Higgins, con varias habitaciones, gran patio techado y un enorme salón, se iniciaron las actividades sociales y culturales del club, contando además en lo deportivo, con la práctica del ping-pong, también llamado tenis de mesa, deporte adoptado por la mayoría de los clubes barriales judíos.

El Brenner era un club que ideológicamente estaba consustanciado con el sionismo, con abierto apoyo al ideal de un Estado Judío en Israel, en esos momentos bajo dominación inglesa. Nuestro club confraternizaba con otros clubes judíos de la zona como el de Lomas de Zamora, Avellaneda, Valentín Alsina, con los que nos complementábamos tanto en lo social y cultural como en lo deportivo.

Funcionaba en Lanús otro club judío, el Peretz, de ideología izquierdista universal, con el que no tuvimos relaciones hasta la creación del Estado de Israel, que logró avivar esa pequeña llamita de judío que tenían sus integrantes en su interior, para que así, junto con otras instituciones vecinas de la zona, actuáramos para combatir un mal que nos incumbía a todos: el antisemitismo.

Me hice de varios amigos en el club y ahí nació mi amistad, gran amistad, con Berl Listingart, más conocido por “Núsele”; fue mi amigo de toda la vida y aún hoy, a casi veinte años de su fallecimiento, sigue siendo mi amigo del alma. Eran tiempos de la adolescencia en que cualquier cosa que hacías en compañía de un amigo, te hacía feliz: ya sea jugando al ping-pong todo el día en las vacaciones, leyendo revistas que comprábamos a medias o charlando sentados en el rellano de una escalera.

Fue una amistad entrañable, firme, leal. Íbamos juntos a fiestas, reuniones con otros amigos en nuestras casas, como también me acuerdo cuando a los 19 años hice mi primer viaje a Mar del Plata junto a su familia y un gran amigo de Núsele que, por carácter transitivo, también lo fue mío; me refiero a Marcos. Pasamos siete días inolvidables para mí a pesar de haber tenido un solo día de sol: el último.

La familia de Núsele era de clase media alta para aquella época. Tenían un negocio de indumentaria para hombres, y abrieron luego uno para niños. La familia era dirigida, sin lugar a dudas, por la madre Goldie, que representaba la clásica sargentona de los dibujos animados. A mi me quería mucho y siempre que hacía una comida que me gustaba, lo que ella ya sabía, le decía a Núsele que me invitara a comer. Don Samuel, su padre, era el típico marido bonachón que cede ante una esposa dominante. Además de Núsele tenían tres hijos: Berta, una linda rubiecita, uno de mis primeros amores de adolescente, Rosa, una gordita buena y simpática y Mario, el benjamín de la familia y por lógica, el más mimado.

En aquella época de juventud salíamos siempre juntos, muchas veces con Berta de ladero, componiendo un trío que se entendía a las mil maravillas, principalmente en los bailes, para salvar a uno de una “mala situación”, léase compañía. Eran clásicos los bailes con discos, ya sea en nuestro club o en instituciones amigas, precedidas en muchas oportunidades de torneos interclubes de ping-pong. Era también la época de los asaltos que se hacía generalmente en la casa de un amigo o amiga.

Fueron días inolvidables con anécdotas que llevaría horas y horas para contarlas e infinidad de páginas para escribirlas. Hoy, recordando el pasado, no puedo decir el clásico “todo tiempo pasado fue mejor” porque considero que todo ha evolucionado y que cada época o etapa de la vida ha sido gratificante, pero ésa ha dejado en mi ser un hermoso y dulce recuerdo.

Con el Dr. Roberto M. Ortiz en la presidencia, la Argentina seguía siendo una potencia mundial, fundamentalmente, como dije antes, por su producción agrícola ganadera. En 1942, a raíz de la progresiva ceguera que sufría, el Dr. Ortiz renunció, haciéndose cargo del gobierno el Dr. Castillo que, en cierta forma, fue el factor desencadenante de la revolución de junio de 1943.

Nuestra vida social, y hablo de la mía y mis amigos, transcurría entre el estudio en el comercial, el club Brenner, los bailes y reuniones de los sábados y domingos, en fin, ocupación y vida plena.

Era una época nada normal a nivel mundial, ya que se vislumbraban los negros nubarrones del nazismo sobre Europa, que finalmente desencadenaron la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. En nuestro país se produce una situación por demás rara y extraña: mientras que el gobierno declara la neutralidad en el conflicto, una abrumadora mayoría de la población apoya a las fuerzas aliadas contra el nazi-fascismo integrado por Alemania e Italia, a los que luego se agregó Japón.

Es así que dentro de nuestra actividad juvenil, incluíamos también nuestra preocupación por los parientes en Polonia, mis tíos y primos, con la cada vez menor esperanza de volver a verlos, esperanza que se evaporó al finalizar la guerra y conocer todas las atrocidades cometidas por las malditas fuerzas del mal.

Esta era una etapa en la vida de uno en que se traban amistades que suelen ser duraderas, se producen las primeras aventuras amorosas y ya se comienza a pensar en cómo forjar su destino. Aún hoy tengo amigos de aquella época con los que nos reunimos periódicamente y también en aquel entonces me enamoré de una linda piba, integrante de aquel grupo: Haydée. Como se decía en aquellos tiempos, “flirteamos” varios años, siendo considerados la pareja del club.

La lógica de aquel entonces era que la mujer se casara antes de los veinte años, pues después de esa edad se la incluía en la categoría de solterona. Yo era un estudiante de familia no pudiente y no podía moralmente atar a Haydée a las vicisitudes de mi futuro incierto. Nos separamos con dolor, sin rencor, pero también por razones valederas. Es así que yo fui invitado a su casamiento como ella lo fue al mío cuando me casé con Etie. Las vueltas que da la vida nos volvieron a unir una vez más sesenta años después, pero eso lo contaré mas adelante.

Finalizada la escuela secundaria en 1941, mi idea era seguir la carrera en la Facultad de Ciencias Económicas y si bien mi padre me decía que iba a cubrir económicamente mis estudios, yo me opuse a ello aduciendo que mientras no tuviera un trabajo para poder cubrir mis estudios, no ingresaría a la Facultad.

En marzo de l942 me presenté al Departamento de Almacenes del Ferrocarril Sud (luego Roca) para rendir examen, y al aprobarlo pude ingresar como empleado con un sueldo de $ 80 por mes, que en aquella época era un “sueldazo” para un muchacho que aún no había cumplido 18 años. En el mes de abril de ese mismo año ingresé en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

La época en que me tocó cursar mi carrera de contador, fue posiblemente uno de los períodos más turbulentos de la historia universitaria. Desde abril de 1942 hasta mayo de 1949, fecha en que me gradué, se produjeron hechos como la caída de Castillo, la revolución de junio de 1943, el famoso 17 de octubre de 1945, la “limpieza” en las universidades de profesores democráticos, las huelgas estudiantiles, la toma de las facultades, la actuación de la FUBA que reunía a casi todo el estudiantado democrático y otros que se han evaporado de mi memoria, posiblemente opacados ante los demás hechos que dejaron marcado huellas profundas en el quehacer político del país.

Mi trabajo en el ferrocarril se desarrollaba sobre rieles (je, je). Mi primer destino fue en la oficina de “Correspondencia” donde se concentraba toda la correspondencia recibida y emitida del Departamento de Almacenes, que tenía un total de 1500 empleados. De todas las oficinas nos llegaban borradores de cartas o mensajes interdepartamentales que debíamos volcar en el papel adecuado con las copias que correspondían. Los jefes de oficina solían llamar para dictarnos las cartas, por lo que tuvimos que aplicar los conocimientos de taquigrafía, tanto para el castellano como para el idioma inglés. Sin exagerar era la oficina con mayor actividad en el Departamento de Almacenes.

Fue un período de mi vida difícil de olvidar por las muchas amistades que he cultivado allí y aunque me llevaría un enorme espacio mencionarlos, quiero destacar a uno: Mareglia, bastante mayor que yo, pero todo un personaje. Él me obligó, casi a la fuerza, a que aplicara la taquigrafía del castellano al inglés, me apoyaba mucho y hasta recuerdo que un día feriado, estando de guardia, me llevó al Hipódromo de La Plata, del cual él era asiduo concurrente. Para mis padres, fui a estudiar con un compañero de la Facultad.

Pasé por otras dos oficinas hasta finalizar como secretario del secretario del Jefe de Almacenes. Mi pasión por la estadística nació ahí, ya que en eso consistía mi tarea. Mi jefe me dio también un trabajo, podríamos decir fuera de las actividades del Departamento, que consistía en el control de aportes que hacían los ingleses del Departamento de Almacenes para la guerra, que en esa época estaba en pleno desarrollo. Dicho aporte mensual lo hacían en base a los aviones nazis que los ingleses derribaban mensualmente y puedo afirmar que el inglés era un tipo muy amante de la democracia y de su país.

Fue una época de mi vida laboral de gratísimos recuerdos y llegado el año 1948, escasamente a un año para recibirme de contador, me percaté de que, aun con el buen sueldo que estaba ganando en aquel momento, no tenía una base para poder encarar mi futura profesión, ya que este empleo no me daba la experiencia que precisaba.

Encaré la búsqueda de empleo en un estudio de auditoría y lo conseguí en la holandesa F. W. Sibille, ya desaparecida y absorbida hoy por KPMG. Lo curioso es que logré entrar a F. W. Sibille no precisamente por mi examen de contabilidad que fue malo, sino por haber completado un test en forma impecable. El conocimiento adquirido en mis dos años de trabajo en esta auditoría tuvo fundamental incidencia en los cincuenta y dos años en que ejercí mi profesión de Contador Público.

Allí trabé una linda amistad con dos contadores, Héctor y David, y tanto fue así que los pude convencer para ir en las vacaciones a San Clemente del Tuyú, que conocía porque mi hermana tenía farmacia en General Lavalle, a 30 km de allí y me comentaba que era una playa salvaje divina: agua, arena, sol y descanso, justo lo que necesitábamos luego de un duro año de trabajo y estudio.

Si bien ellos eran fanáticos de Mar del Plata, se resignaron a embarcarse conmigo en esta aventura. Viajamos en El Cóndor hasta Dolores; allí se hacía trasbordo a un ómnibus local para recorrer los cien kilómetros hasta San Clemente. El camino de tierra no estaba muy transitable por haber llovido el día anterior, por lo que a mitad del camino quedamos empantanados y los pasajeros tuvimos que sacar el ómnibus a fuerza de empujarlo. Con ese hecho y ya en la desierta San Clemente, Héctor y David querían ya volverse a Dolores para viajar luego a Mar del Plata. Los convencí de que se quedasen hasta el día siguiente y de que nos íbamos a ir los tres. En síntesis, no sólo se quedaron los quince días de las vacaciones, sino que volvieron en varias ocasiones allí y Héctor, ya de casado, se edificó un chalet en San Clemente.

¿Cómo me fui de la Auditoría Sibille? Hacía más de dos años que trabajaba allí y de $ 450 de sueldo inicial, estaba ganando $ 1.600, en una época de bastante estabilidad. Por aquel tiempo, mi jefe, Spinoza Catela, descendiente del famoso filósofo Baruj Spinoza, me había encargado el análisis de balance de un cliente y prácticamente sin controlarlo, se lo entregó. A los pocos días viene el cliente con una queja: el trabajo no era correcto y tenía razón, yo me había equivocado, pero mi jefe me lo recriminó delante del cliente.

Pasé unos días no muy agradables analizando mi renuncia, ya que implicaba dejar de ganar $ 1.600 e irme ganando como honorarios de mis primeros dos clientes por $ 250. Pero también si seguía allí, con el paso del tiempo me iba a ser cada vez más difícil ir reemplazando los sueldos que podía obtener. Decidí renunciar y comencé a trabajar en forma total en la profesión, y a los tres meses, por iniciativa propia o por recomendaciones, mis honorarios ascendían a $ 3.000.

Durante mi época universitaria, mi vida social, a pesar del escaso tiempo que me dejaba el trabajo y el estudio, consistía en las reuniones que efectuaba con amigos en el club Brenner, que eran de índole política judía, integrando en muchas oportunidades comisiones juveniles que tenían por objeto no sólo el apoyo moral a Israel, sino también la recolección de fondos como apoyo material. No descuidaba mi actividad deportiva, ya que además del fútbol, que era clásico, jugaba al básquet y desde luego al ping-pong.

En mi ámbito familiar, mi hermana, que también concurría al club Brenner, conoció y se enamoró de un muchacho, Jaime, farmacéutico, con quién se casó en 1942; se fueron a radicar a General Lavalle, donde adquirieron una farmacia, con fundamental ayuda de mis padres. La zona era pantanosa y el clima húmedo que generaba fue un factor predominante en la quebrantada salud que sobrellevó Jaime.

A principios de 1943, en un día feriado que no ubico, fui a buscar a mi hermana a la ciudad de Dolores para traerla a casa, donde iba a pasar el último tramo de su embarazo. Cuando la vi no pude menos que exclamar “¡Amalia, vas a tener mellizos!”, tan gorda estaba. No exageré; el 2 de junio de 1943, dos días antes de la Revolución de Junio, nacieron Liliana y Edgardo (Údele y Echi). Aún dentro de lo reducido del espacio de nuestra ya casa propia en Castro Barros 80, fue para toda la familia una gran alegría estar juntos, aunque sea algunos meses, con los dos nietos y por ende sobrinos.

Mi paso por la universidad, matizado por innumerables acontecimientos ya detallados, fue con el espíritu revolucionario de todo joven democrático que luchaba por la libertad de expresión contra todo tipo de dictaduras. En esa época yo pertenecía a una célula de la FUBA y al único que conocíamos era a nuestro jefe. De él recibíamos órdenes para presentarnos en tal o cual lugar ya sea para una manifestación, como para pintadas en la calle contra el régimen vigente.

Tiene un recuerdo especial para mi el día de la toma de facultades. Estaba yo con mis amigos Núsele y Marcos y nos dirigíamos a nuestras respectivas facultades, ellos Medicina y yo Ciencias Económicas, para integrar el grupo de estudiantes que iban a tomar las facultades en protesta contra el régimen gubernamental. Al no poder ingresar a la mía, por estar las puertas ya cerradas, ingresé con ellos a la de Medicina, que fue rápidamente rodeada por la policía. Si bien pasamos una noche inolvidable, sin tener en cuenta las comidas y golosinas que nos hacían llegar por las ventanas la gente que se hallaba afuera, mi situación era peligrosa ya que, hallándome en una Facultad que no era la mía, podría ser considerado como un agitador.

Así que al día siguiente, aprovechando que la policía se retiró por un breve lapso para permitir la salida de los que quisieran hacerlo, salí y me dirigí a mi facultad que se hallaba a una cuadra. Cuando llegué ahí ya no pude ingresar, por lo que me fui a mi casa. Era un día jueves. ¿Por qué me acuerdo del día?, porque lo relaciono con otro hecho del que fui protagonista y que paso a relatar.

El Club Atlético Lanús fue invitado para intervenir en un torneo de tenis de mesa de la zona sur del Gran Buenos Aires, en el Club Infantil de Banfield. Como no tenían jugadores, solicitaron al Club Brenner que les facilitara un grupo de jugadores para representarlos. Fuimos David, Leibale y yo, por lógica todos socios del Club Lanús.

Ese día jueves yo debía jugar una semifinal con un amigo de Remedios de Escalada: Georgudakis. Luego de un comienzo malísimo, pude equilibrar e imponerme finalmente con cierta facilidad, ganando también la final al día siguiente a mi amigo Leibale. David ganó la rueda de perdedores, por lo que los tres representantes del Club Lanús obtuvimos los primeros premios. Lo anecdótico de esto es que la entrega de premios, el domingo siguiente, la hizo el intendente de Lanús, peronista él, Sr. Piñeyro. El representante del Club Lanús, una vez que recibí el premio, me dijo: “¡Mirá si éste supiera toda la odisea que tuviste que pasar para llegar a la final!”.

El período que abarcó mi carrera universitaria está repleta de imborrables recuerdos y anécdotas, pudiendo decir, sin lugar a dudas que constituyó una importante base para la evolución de mi futuro, y trataré de relatarlo.

Abarcó prácticamente siete años (de 1942 a 1949) de una carrera que teóricamente es de cuatro, así que es lógico determinar porqué alguien que se considera buen alumno, tarde tres años más para terminar los estudios. Ante todo las grandes huelgas universitarias, la toma de facultades, la actitud de la FUBA ante el gobierno peronista, fueron los factores políticos del atraso. El factor laboral, trabajar ocho horas diarias, concurrir a la facultad y estudiar, ha tenido su leve influencia; pero más que todos fue el factor social que incidió en ese atraso.

Efectivamente, me había integrado mucho a la política institucional judía, actuando en el Club Brenner, como secretario y luego como presidente precisamente en el período que abarcó mi carrera universitaria, como así también en la regional del Keren Kaiémet Leisrael . Así se completa el cuadro de “excusas”.

En todas estas áreas hice amigos que han dejado sus gratas huellas en mi vida y siempre basado en mi forma de ser: frontal y sin tapujos. Ello también me ha traído innumerables disgustos con personas de actividad política, ya que, al no pertenecer nunca a un partido político, en lo nacional, votaba al candidato más que al partido. En lo profesional, si bien pertenecía a una agrupación determinada, he tenido mis buenos disgustos por oponerme a decisiones que consideraba incorrectas y perjudiciales para mi profesión.

Me recibí de Contador Público el 21 de mayo de 1949, cuando aún trabajaba en la Auditoría Sibille, donde se realizó una preciosa reunión para festejar la obtención de mi título. El último año, a pesar de trabajar durante ocho horas diarias, lo terminé al mismo tiempo que mis amigos Lito, Oscar, Finguerut y otros que no trabajaban o lo hacían en forma independiente. Era tal el ritmo que yo llevaba, que estaba preparando dos materias para seguir el doctorado y caí en cama con una pulmonía que, como decía el médico, fue un agotamiento físico total. Estuve un mes en cama y ahí se me esfumaron los deseos de continuar el doctorado.

[Página 29]

Mi matrimonio con Ethel

Yo era un joven de veinticinco años, profesional, no mal parecido, por lo que no tuve problemas en tener muchas amigas, en el buen sentido de la palabra, además porque considero tener un carácter extrovertido.

Era una época en que en las parejas que se formaban, el hombre era por lo menos unos tres años mayor que la mujer y si tenemos en cuenta que a una mujer que se ubicaba en los veinte o veintiún años ya se la ingresaba en la lista de solteronas, imagínense la presión, principalmente de mi madre, para que me case, ¿nu?

Consideren que los “paisanos” y aquí me refiero a los que son oriundos del mismo pueblo, de Polonia en mi caso, se visitaban muy a menudo, porque se conocían bien de allí. Así nació una gran amistad con Jacobo, un muchacho de mi edad, hijo de un paisano de mi padre, que vivía en San Martín, donde yo solía pasar muchos fines de semana en su casa.

Mi edad casadera dio lugar para un shiduj con una prima de Jacobo, cuyos padres también eran paisanos, pero de un pueblo cercano al nuestro. El hecho de que era una linda personita de 17 años y de buena familia, unido a la insistencia obsesiva de mi madre, me llevaron a dejar una cómoda soltería social y económica y casarme con Ethel.

La familia de Ethel, económicamente pudiente —ya que poseían una importante fábrica de muebles— se integraba con Jedida, su padre, una persona excelente desde todo punto de vista; Malke, su madre, una persona de poca altura física y personal, y para mí, con respecto a su marido, de carácter dominante, y un hermanito, David, de cinco años en ese entonces, el niño mimado de la familia.

En aquellos tiempos se hacían grandes fiestas y nuestro compromiso se hizo en los salones de Unione y Benevolenza, mientras que nuestro casamiento, fiesta de gran resonancia, con 700 invitados, se realizó en los salones Les Ambassadeurs, que fueron luego sede de Canal 9. Quince días de luna de miel en Mendoza y de vuelta al trabajo ya con hogar propio constituido.

Nos afincamos en San Martín, en una casita de la calle Córdoba 110, regalo de mis suegros y que fuera adquirida a una pareja, Ana y Mauricio, que con el tiempo serían grandes amigos, dentro del grupo de amistades que me pude granjear en mi larga estadía, tanto familiar como profesional, en la ciudad de San Martín.

Continuaba yo mi trabajo de contador con la clientela que me había formado una vez que me fui de la Auditoría Sibille, pero además me había inscripto como Perito Contador en los Tribunales de Trabajo de San Martín, que en aquella época tenía una enorme jurisdicción, por lo que las pericias laborales eran permanentes, lo que me permitió obtener un buen ingreso en el ejercicio de mi profesión.

Pero he ahí, que al poco tiempo de estar casado, mi suegro me propuso trabajar con él, en la organización administrativa contable, para poder dedicarse al área fabril, dado el desarrollo exitoso que tomaba su establecimiento. Acepté asociarme con él, no me reinscribí en Tribunales y avisé con tiempo a mis clientes que iba a dejar de atenderlos. Ahí cometí un gran error, ya que lo lógico hubiera sido mantener una pequeña oficina con mi actividad profesional y no dedicar todo mi tiempo a la atención de la fábrica, como lo hice.

Diez años duró mi matrimonio que se truncó abruptamente por un mal que le quitó la vida a Ethel a la edad de 27 años: cáncer.

En realidad esos diez años me han dejado recuerdos imborrables y grandes satisfacciones. Una de ellas, quizás la más importante, fue la de modelar el carácter de Ethel a quien, de estar bajo un visible dominio materno, la convertí en una persona independiente que no solo me acompañó con su toque personal en nuestra inolvidable vida social, sino que estuvo a cargo con sumo éxito y simpatía, en la dirección de uno de los negocios al público que se abrieron como apéndice del establecimiento industrial. Si además tenemos en cuenta que llegó a ser presidenta de la Organización Sionista Femenina Argentina, Filial San Martín, se puede tener una cabal idea de la persona que era cuando dejó de existir a tan temprana edad.

Hicimos muchas amistades como pareja y no puedo dejar de mencionar a Anita y Mauricio, Betty e Isaac, Berta y Simón, con los que continué esa bella amistad también después del fallecimiento de Ethel y con algunos, por sobrevivientes, hasta ahora.

Fue un período pleno de actividad en mi vida social, cultural y profesional, por lo que, sin una continuidad cronológica, relataré vivencias, amistades y anécdotas en las que fui parte. Esos diez años de mi vida marcaron con fuerza la evolución que, como ser humano, tuve hasta la fecha.

Al ingresar en la comunidad de San Martín y transformarme en habitué en la actividad societaria, formé parte de la Congregación de la colectividad judía, integrando no sólo su comisión directiva, sino siendo también uno de los fundadores e integrante del Consejo de la Cooperativa San Lorenzo.

La colectividad judía de San Martín era bastante numerosa, con la particularidad no sólo de tener un buen nivel económico, sino también con gente activa. Aquí quiero mencionar a Don Marcos, una persona frontal, actitud que le acarreaba más gente no amiga que amiga. Yo estaba en este último grupo y él lo sabía. Con una anécdota se describe el tipo de persona que era Don Marcos: yo vivía enfrente de la Congregación, en un primer piso, y una madrugada, a eso de las cuatro, oigo ruidos enfrente; me levanto y por la ventana, mientras llovía a cántaros, lo veo a Don Marcos entrar en la Congregación. Después me enteré que vino para ver si no se había inundado, ya que, como estaban construyendo el salón, los materiales podrían obstruir alguna cañería y dañar la construcción. Era la responsabilidad de un dirigente que en aquel momento era el presidente de la Institución. Me gustaba el hombre porque era de hacer, sin discursos; obvio, no era político y ahí es donde congeniábamos y eso que me llevaba más de cuarenta años.

Un gran recuerdo para mis amigos Mauricio y Ana, que también fueron mis vecinos, pared de por medio, cuando nos mudamos a la calle San Lorenzo 126, primer piso. Ambos divinos: Mauricio, como ya lo mencioné, apodado Juan XXIII por su bondad, me introdujo a los círculos universitarios de la Ciudad de San Martín y fue así que integré el grupo de profesionales fundadores de la Casa Universitaria y luego también la Mutual Universitaria de San Martín. Con Mauricio y varios de sus colegas farmacéuticos entre otros, constituimos la firma Promotora del Norte S.A., una sociedad de crédito para consumo como las que se hicieron famosas y populares allá por los años sesenta, quedando yo a cargo de la dirección administrativa de la misma.

La esposa de Mauricio, Ana, divina ella, era la mujer ideal para acompañar y ubicar al bondadoso Mauricio en un mundo donde la astucia y la mala intención eran muchas veces signos de éxito, efímero, pero éxito al fin. Sus dos hijos, Isidoro y Carlos a quienes conozco de bebés, están a cargo de la farmacia que fuera del padre y hasta la fecha seguimos una buena amistad a pesar de la diferencia de edad.

Grandes amigos también lo fueron Betty e Isaac, con la particularidad de haber estado presentes en mis tres casamientos, aunque en el último estuvo Betty sola porque Isaac estaba muy enfermo: falleció a los pocos días. Vivían en un lindo chalet de San Martín, a media cuadra de la plaza, integrando su entorno familiar cuatro hijos: Liliana, Claudio, Nora y Héctor.

Yo adoraba a chicos, aunque no los pude tener en mi primer matrimonio, y con los hijos de Betty e Isaac, hubo siempre un gran cariño recíproco. Podía yo caer un domingo a la mañana y al grito de “¡Arriba todos!”, llevar a los chicos al Parque Saavedra a remontar barriletes. Recuerdos que dejaron su gran huella de cariño, que se vivifican cuando en ocasiones me encuentro con los chicos, hoy respetables padres de familia, en el Club Náutico Hacoaj.

Estos diez años, casi totalmente dedicados a la actividad industrial y comercial, me permitieron conocer esas facetas por dentro y así aprender a tomar decisiones que luego, cuando con posterioridad a dicho período reinicié mi actividad como Contador, me fueron de suma utilidad para un eficaz asesoramiento a mis clientes, no sólo en la faz profesional.

El trato que teníamos con el personal era muy bueno ya sea por la gran personalidad de mi suegro, Jedida, como por el hecho del respeto que teníamos con los obreros como personas, a lo que en la gran mayoría de los casos éramos correspondidos. Buena relación manteníamos también con el Sindicato de la Madera, con quién nunca tuvimos inconveniente en dilucidar cualquier problema que se presentaba. Y aquí me viene a la memoria un entredicho con los carpinteros que se resolvió, sindicato mediante, en forma anecdótica que merece ser contada. Como los obreros armaban los roperos en 12 ó 13 horas cada uno, nos pareció exagerado y luego de una reunión, llegamos a acordar un tiempo máximo de 10 horas por ropero. A los pocos días se presenta el grupo de carpinteros italianos inquiriendo sobre el caso que si armaban el ropero en menos horas, que beneficio tendrían. Nuestra contestación fue clara: por cada ropero que armaban le pagábamos diez horas. En síntesis, llegaron a producir más de dos roperos en las diez horas según acuerdo.

Una costumbre que teníamos, muy sana comercialmente, era conocer personalmente el establecimiento de nuestros clientes. Éramos conscientes de la buena labor de nuestros corredores, pero la apreciación in situ era fundamental, lo que pudimos apreciar en más de una oportunidad.

Tras el fallecimiento de Ethel, seguí viviendo en San Martín, atendiendo el funcionamiento de la fábrica y los negocios, con un gran apoyo espiritual de mis amigos antes mencionados. Con ello y mi concurrencia al Club Náutico Hacoaj durante los fines de semana, reencauzaba mi vida, en buena relación con mi suegra que había quedado viuda hacía dos años, por el fallecimiento de mi suegro con apenas 51 años. Davito, el hijo, tenía 13 años cuando falleció el padre y 15 cuando falleció Ethel, su hermana. Era un buen joven que iba adquiriendo la responsabilidad que muchas veces las mismas circunstancias te llevan a ello. Es así que se fue integrando a la actividad familiar con buen resultado.

Muchas veces, en mis cavilaciones solitarias, llegaba a la conclusión de que mi meta no podía ser continuar ad eternum en San Martín, específicamente en la fábrica de muebles. Yo tenía una profesión y quería empezar a ejercerla; y digo empezar, porque después de diez años sin haber dejado una pequeña base siquiera, era empezar de nuevo.

Resuelto a hacerlo, hablé con mi suegra y le dije que me iba a quedar un tiempo hasta que consiguieran un profesional que los atendiese y Davito fuese adquiriendo la experiencia para poder dirigir la firma.

[Página 35]

Reincidencia matrimonial: Amalia

Yo continuaba con mi habitual ritmo de vida impuesto por las circunstancias, muy apoyado por mis padres, a quienes visitaba a menudo, y por mi hermana, cuñado y sobrinos.

Fue así que un día mi hermana me invita a salir, pues ellos lo hacían habitualmente con una pareja amiga: Dyna y Raúl. En esa salida me presentaron una prima de Dyna, de nombre Amalia, igual que mi hermana. Fue en octubre de 1961 y simpatizamos, por mi parte por su personalidad, carácter, belleza y ser frontal, que es lo que más aprecio, ya que creo que ése es uno de los atributos que destacan la integridad de un ser humano.

Era uruguaya y vivía en Montevideo con sus padres Ignacio y Brane. Su familia la componían una hermana Celia, casada con David y un sinnúmero de tíos y primos que, cuando nos casamos, prácticamente llenaron el salón de fiestas. Viajé varias veces al Uruguay, generalmente cada dos semanas y luego de comprometernos en una reunión íntima, ella y yo, el 25 de mayo de 1962, fijamos la fecha de nuestro casamiento para el 16 de junio de 1962.

En la Sinagoga de Montevideo se realizó la ceremonia religiosa, con mi hermana como madrina y luego hubo una gran fiesta con la asistencia de unas diez personas de mi parte y la gran familia, por su cantidad y calidad, de los Burstin, que era el apellido de Amalia.

Estoy escribiendo y revivo, con un dejo de tristeza, toda la maravillosa relación que he tenido con la familia de Amalia en Montevideo y que hoy, entre fallecimientos, traslados a Israel, Estados Unidos y otros lugares, quedó reducida prácticamente a un grupo totalmente desapercibido.

Después de la luna de miel, quince días en Punta del Este y en las sierras de Minas, nos reintegramos a la vida normal en Buenos Aires, instalándonos en un hotel del Sindicato de Petroleros, gracias a la intervención de un hermano de Raúl. Ello hasta tanto me ordenara y resolviera mi situación económica con mi ex suegra, pues yo había dejado definitivamente la sociedad.

Un tiempo atrás, aproximadamente dos años, se formó una sociedad financiera entre un grupo de profesionales, mayoritariamente farmacéuticos, de San Martín, encabezados por mi gran amigo Mauricio, quién me invitó a integrarla, como ya mencioné anteriormente. Su nombre Promotora del Norte y su actividad principal fue como Sociedad de Crédito para Consumo que proliferaron no sólo en Buenos Aires y Gran Buenos Aires, sino también en las principales ciudades del país.

Su actividad consistía en la concesión de créditos a tasa relativamente baja, entregando bonos de distintos valores con los que se podían adquirir mercaderías en negocios adheridos a nuestro sistema. Mensualmente las firmas adheridas canjeaban dichos bonos por dinero en efectivo con la deducción de una pequeña comisión. Yo actuaba como director administrativo dedicando gran parte de mi tiempo a dicha tarea, ya que al dejar de trabajar con la familia de Ethel, recién comenzaba a tener algunos clientes como profesional que no me insumían mucho tiempo para atenderlos.

Como ya he mencionado, vivíamos en el hotel del Sindicato y ya contando con exiguos fondos para mantenernos, tuvimos una oferta de unos primos de Amalia, Cecilia y León, para vivir en su departamento que, si bien pequeño, consideraban que nos íbamos a ubicar perfectamente. En efecto, éramos seis personas: ellos, sus hijos Danny y Víctor y nosotros, para ubicarnos en un departamento de tres ambientes, pero con el calor familiar de ellos alcanzó para pasar un tiempo inolvidable de nuestras vidas. A Cecilia y León les había ido mal en los negocios y profesionalmente les di una mano para salir del pozo y reencauzar comercialmente sus vidas. Una vez logrado eso, cuando habían pasado varios años y nosotros ya vivíamos en nuestro departamento, de común acuerdo dejé de asesorarlos, aplicando fielmente mi premisa: “con los parientes sólo reuniones sociales y no comerciales”.

Cuando me separé comercialmente de la sociedad familiar y, actuando con la honradez y ética que siempre apliqué a mi proceder, acepté que mi parte se me reintegrase con un terreno en la calle principal de San Martín, con dos condiciones: tener la aprobación de la madre de Ethel para la venta y además devolverles el 25% del importe que se obtuviera. Ello significaba que mi ex suegra siempre tenía la última palabra.

En aquella época, sin haberme afirmado profesionalmente y sin haber solucionado definitivamente mi vivienda familiar, tenía mucha relevancia el poder realizar el terreno recibido. Pero he ahí que a cada interesado se producía una sistemática oposición de la otra parte, quedando prácticamente con las manos atadas. Un hecho fortuito, por un proceder impropio, permitió destrabar toda la situación.

El hecho era que como integrante del Directorio de Promotora del Norte S.A., que era una entidad controlada por el Banco Central, tuve que presentar mi declaración jurada. Al no haberse disuelto aún oficialmente la sociedad que yo integraba con mi ex suegra, debía declarar mi participación en la misma. A tal fin me apersoné al Banco de Avellaneda, Sucursal San Martín y le pedí al gerente, Sr. Gebennini, un gran amigo, que me facilitara la carpeta de la sociedad.

Grande fue mi sorpresa cuando noto que mi firma, en los papeles del último balance cuando yo ya no pertenecía realmente a la Sociedad, estaba copiada.

A raíz de ello, el gerente le solicitó a la sociedad que ratificasen mi firma en el último balance presentado al banco, lo que dio lugar a que mediante la buena intervención y la palabra dada por el auditor de la misma, Dr. Mariano —que estoy seguro ignoraba ese hecho— pude finalmente destrabar la situación del terreno, quedando con ello terminada totalmente una etapa de mi vida.

Nuestra vida familiar se desarrollaba sin sobresaltos. Con una excelente relación con la familia de mi hermana y con los primos de Amalia radicados aquí. Amalia había quedado embarazada a fines de 1962, pero un viernes, estando en la casa de mis padres en Lanús, con mi hermana y cuñado, tuvo una gran pérdida, por lo que tuvo que ser internada de urgencia y perdió el embarazo. A partir de ahí, se puso en manos del Dr. Mónaco, excelente facultativo y persona que, pese a la delicada situación en la que quedó Amalia, logró encarrilarla, permitiendo así que su próximo y único embarazo tuviese un final feliz como relataré más adelante.

Promotora del Norte, ya mencionada por mi anteriormente, era representante en la zona de San Martín de “Techos Argentinos”, una empresa de Alberto J. Armando —quien fuera famoso presidente de Boca— y que mediante el autoahorro le permitía a uno acceder, en poco tiempo, a la compra de un departamento, abonando luego durante varios años cuotas que se consideraban accesibles. Yo me suscribí a uno de esos planes y pude acceder a la compra de un departamento de cuatro ambientes, recomendado por el Dr. Mariano, en el mismo edificio en que el vivía: Gral. Manuel A. Rodríguez 1282, 2º B, Buenos Aires.

Entramos a habitar el departamento con una cama, que aún conservo, y que me fabricó un carpintero amigo de San Martín, y con un triolet de mesitas ratonas, pudimos “amueblar” los demás ambientes: una mesita en cada pieza. Sin prisa y pasados varios años, contando con el buen gusto de Amalia, pudimos tener un departamento muy bien amueblado.

Mis suegros Berta e Ignacio, dos bellísimas personas que se destacaban por su sencillez, honradez y bonhomía, con infinidad de anécdotas que destacaban dichos atributos, vivían en un departamento del barrio de Goes, en Montevideo, que por su población se asemejaba a nuestra Villa Crespo. Con parte del dinero por la venta del terreno, pude adquirir un departamento en la zona de Pocitos, a escasas tres cuadras de la playa. Se hallaba en una esquina, en un edificio recién terminado: Berro y Guayaquí. Allí se mudaron mis suegros, quedando reservada una pieza para nuestros frecuentes viajes a Montevideo.

Aún antes de radicarnos en Pocitos, entablé una linda relación con la familia de Amalia, principalmente los primos, que se tradujo en una real amistad. Téngase en cuenta que Buenos Aires era la gran ciudad y Montevideo, en comparación, era mucho más pequeña y por ende, como sucede en estos casos, la gente se conoce bien, es más servicial y vive la vida sin los apuros que impone el ritmo de las grandes ciudades.

Estando en Montevideo, en febrero de 1964, en Carnaval, fuimos con algunos primos a ver el desfile en Medio Mundo, un conventillo famoso de allí. Fue el momento en que Amalia se dio cuenta de su embarazo. Vueltos a Buenos Aires y con la excelente, permanente y cuidadosa atención del Dr. Mónaco, el 10 de octubre de 1964 a las 0 horas 25 minutos, nació Gustavo, en la Clínica Otamendi. Hasta hoy lamento no haber entrado a la Sala de Partos en el momento del alumbramiento; fue una falla mental momentánea.

Días antes del nacimiento de Gustavo, había llegado desde Montevideo mi suegra como “apoyo logístico” para Amalia, como también ya contábamos, desde hacía unas semanas, con la ayuda de María, una chica de 14 años, hermana de Victoria, quien trabajaba en la casa de Dyna y Raúl.

Con un buen peso de 4.250 kg, a los tres días Gustavo y Amalia volvieron a casa. Gustavo ya tenía preparada su cama normal, en la que durmió hasta que nos trasladamos a la calle Scalabrini Ortiz, o sea hasta los 17 años, pero en ese momento tenía una baranda a su alrededor. Además tenía también una enorme biblioteca-vestidor en su pieza, por lo que intuyo que por contagio le nació su gran afición a la lectura.

Con las vicisitudes clásicas de los bebés en lo que a salud se refiere, tuvo una linda infancia ingresando a los dos años y cinco meses al Jardín de Infantes de la Escuela Tel Aviv. Estuvo cuatro años en el jardín y me vienen a la memoria varias anécdotas, pero quiero destacar una que, en mi opinión, ya demuestra la forma de ser y sentir de su persona.

Gustavo tenía en los dos primeros años como morá a Sara, una bellísima persona. Cuando en el tercer año lo pasan a otra salita con otra maestra, se “empacó” y no quiso ir más al jardín. No valieron charlas ni ruegos: no había caso que fuera. Se nos ocurrió invitar a la maestra Sara a casa para tomar el té, pero Gustavo no le prestó atención alguna, como si no existiera. Quedamos con Sara que volvería a su salita, y al día siguiente lo subimos a la fuerza al micro escolar con unos gritos aterradores de su parte. Así fue uno o dos días más y luego fue amigándose con Sara, terminando el jardín en muy buenas relaciones y recuerdos de ella.

Inquieto por el conocimiento, en casa aprendió el abecedario, a leer y a escribir. Para la escuela primaria, habíamos considerado que, como una correcta forma de integración a la sociedad, lo ideal sería que Gustavo concurriese a una escuela pública, más considerando que a media cuadra de nuestra casa contábamos con la escuela piloto Andrés Ferreyra, con doble turno e idioma inglés, que cubría nuestras expectativas para que Gustavo recibiera una buena enseñanza.

¿Qué podría yo decir de su paso por la escuela primaria además de las buenas, mejor dicho excelentes, notas obtenidas durante todo el ciclo? Sí, dos cosas: la primera es que a los pocos días del comienzo de clases, nos llama la Directora y nos propone pasarlo a un grado superior, ya que su conocimiento de lectura y escritura así lo aconsejaba. Decidimos no cambiarlo, para que tuviera un desarrollo normal con chicos de su edad, a pesar de un conocimiento levemente superior y estuvimos convencidos de haber tomado una decisión correcta. La segunda es que el ciclo primario Gustavo lo cursó, además de las mejores notas, como abanderado, como mejor alumno y sobre todo, lo que para mí es muy importante: mejor compañero, pues es la base de lo que es hoy Gustavo en su vida personal y profesional.

La secundaria fue una copia agrandada de la primaria y no sólo repitió unas notas excelentes, sino que terminó el quinto año como mejor promedio del ciclo, recibiendo de parte del Centro de Egresados del Colegio Nicolás Avellaneda, una plaqueta por tal motivo.

Gustavo en ningún momento se conformó con lo que estaba haciendo, sino que siempre tenía que hacer “algo más”. Es así que, además de ser un lector empedernido durante su carrera secundaria, también estudió Diseño Gráfico en la Escuela Panamericana de Arte y también lo hizo en la Escuela de Publicidad, carreras ambas de tres años. En esta última, al haber finalizado el ciclo como mejor alumno, fue favorecido con una beca consistente en un viaje a un Congreso de Publicidad que se realizó en Chicago. En el ínterin, tuvo tiempo para estudiar hebreo, ser madrij en varias instituciones —Hacoaj inclusive—, y aún disponer de tiempo para su vida personal y de relación.

De su infancia quiero recordar su primer viaje a Montevideo; hubo que sacarle cédula de identidad. Eso fue a los tres meses de edad, con la impresión del dedito, que parecía una cagadita de mosca y su condición de estado civil: “soltero”. Hasta los cuatro años los veraneos fueron en Montevideo, con el centro de operaciones en la playa Pocitos, con sus primos Laura y Danny y con un enjambre de hijos de primos y primas de Amalia que copaban la atención de la playa.

El festejo de sus cumpleaños generalmente lo hacíamos al aire libre, con los tradicionales partidos de fútbol con sus amiguitos, en los que más de una vez tuve que ocupar el puesto de arquero.

Su espíritu contemporizador, firme en convicciones, lo llevó a tener desde siempre muchos amigos con un sincero aprecio mutuo: y eso es lo más lindo que le puede pasar a uno en su vida de relación. Éste es el gran comienzo de mi vida con Amalia y en capítulos posteriores se irán salpicando etapas que conformarán el todo.

[Página 42]

Gustavo adolescente

No había cumplido aún los 19 años y ya con dos compañeros de la Escuela Panamericana decidieron abrir un estudio; su nombre Metáfora, instalándose en la calle Uruguay al lado del Registro Civil. Al poco tiempo quedaron dos: Gustavo y Marcelo que estuvieron asociados por más de cinco años.

Con la ayuda financiera de mi madre que le regaló el dinero de la venta de su casa en Lanús, pudo comprar la oficina en la calle Montevideo 581, que puso a disposición de Metáfora. Desde ese momento comenzó, en forma notoria, su gran desarrollo profesional, no sólo ampliando su cartera de clientes, sino también políticamente, al ser uno de los fundadores de la Asociación de Diseñadores Gráficos de Buenos Aires (ADG) de la que fue su presidente, luego de Ronald Shakespear, considerado decano de los diseñadores y buen amigo de Gustavo.

A pesar de toda esa actividad profesional, no desatendía las frecuentes reuniones sociales con los amigos de siempre y es precisamente en una de esas reuniones que conoce a Silvana, que a la larga o a la corta, sería la madre de sus hijos y además mi nuera preferida. Se casaron el 31 de marzo de 1990, con ceremonia religiosa y fiesta bellísimas, y no porque sean mis hijos, siempre los consideré una pareja que se complementa muy bien.

La evolución profesional de Gustavo fue tan rápida que tenemos que mirarla a vuelo de pájaro hasta ubicarnos en la actualidad. Después de deshacer la sociedad con Marcelo, trabajó algunos años solo o asociado en algunos trabajos con los hermanos Shakespear, en su estudio de la calle Ciudad de la Paz, hasta que se asoció finalmente con un ex compañero de la Escuela de Publicidad, Luis, formando la sociedad Idemark S.A. Al poco tiempo prepararon un libro con los trabajos realizados, y recorrieron Nueva York, Londres y Madrid, que son los centros del diseño gráfico, logrando vender muy bien la mayoría accionaria de su firma de diseño a una empresa multinacional estadounidense, FutureBrand, quedando ellos como directores de la sociedad anónima, filial argentina de dicha empresa.

Como padre estoy orgulloso de Gustavo por la linda familia que formó, su buena evolución económica y su excelente poder de relación, lo que le permite tener éxito personal que, estoy seguro, será mantenido en el futuro.

Su hermosa familia la compone con Silvana, Federico y Nicolás; se imaginarán que los dos últimos son mis nietos y porque no, adorables nietos.

No puedo dejar de mencionar el nacimiento de mi primer nieto, Federico, no sólo por la alegría que uno siente al respecto, sino por la alternativa ingrata que representó su llegada a este mundo y muy felizmente superada. Los amo y los adoro a ambos, pero ese hecho que voy a relatar le marca a uno un plus extra, imperceptible, que no lo ve nadie, pero existe.

Resulta que ni bien nació Federico, con buen peso: 4.200 kg, el obstetra, Dr. Weiner, le notó una coloración algo azulada, por lo que con urgencia fue trasladado al área de Neonatología del Hospital Italiano, practicándosele en seguida un cateterismo para poder mantenerlo en condiciones para la operación que se iba a practicar en pocas horas más.

Recuerdo que de noche acompañé a Gustavo a la casa del Dr. Vargas, en Banfield, quien fue claro al explicar el mal: transposición de los grandes vasos. Él considera que hay dos soluciones, una es adecuar el ritmo del organismo a su estado con un 15% de riesgo, sin poder predecir su evolución cuando fuese adolescente y la otra, una operación más complicada pero que le permite luego una evolución normal, pero el riesgo es de un 40%. Gustavo no dudó: la segunda opción.

Extraordinaria fue la dedicación de todo el cuerpo médico del área de Neonatología para el éxito de la operación y su recuperación posterior, a lo que ayudó también el muy buen peso con que nació. Esto quedó muy marcado en mi mente como también el hecho que todos los días, a las 7 de la mañana, antes de concurrir al estudio, pasaba por el hospital para informarme y poder así transmitirlo a los familiares. Aún hoy, cuando releo la nota de agradecimiento al cuerpo médico que Gustavo y Silvana publicaron en Carta de los Lectores del diario La Nación, no puedo terminar de hacerlo.

De mi nuera, Silvana, aparte de que dije que es mi preferida, me encanta porque tiene poder de decisión, es frontal, es activa, admirada por sus hijos y amada por su esposo. ¿Qué más?. Quiero destacar que, siendo psicóloga y con un hijo pequeño, se graduó en Marketing porque era una carrera afín a la de Gustavo y con ella lo ayudaría, como así ocurrió, en su actividad. Cuando cumplí ochenta años, la obligué a que me tutee y lo hice porque la considero una verdadera hija.

Mis nietos van adquiriendo un sentido de responsabilidad que es el fruto de la dedicación de los padres a su quehacer diario, no con severidad, sí con firmeza y amor que les permite moldear dos chicos para enfrentar la vida con éxito, que es la aspiración de todos los padres.

Si la satisfacción se pudiera medir por peso, yo sería un peso pesado, ya que toda la felicidad que siento al tener una familia así, me transmite una paz interior que colma todas mis expectativas de futuro.

[Página 45]

Amalia y yo

Un recuerdo grato e imborrable han dejado impreso en mí los treinta y tres años vividos junto a Amalia. No era una vida ostentosa, pero sí plena, sea en lo social con amistades, en su mayoría primos de Amalia, como así también nuestras salidas a teatros, cines o espectáculos varios, llegando en temporadas a tener vistas todas las obras de teatro recomendables. Leíamos mucho, Amalia más que yo, lógicamente por disponer de más tiempo.

Nuestro primer hogar que fue el de Manuel A. Rodríguez. Amalia lo fue decorando y amueblando de a poco, a medida que las circunstancias económicas lo permitían, debiendo destacar su buen gusto en todo. Tan en así que la compra de mi ropa la hacía ella. Iba al negocio de Riccardi, donde yo me vestía, elegía la ropa y cuando yo tenía tiempo, pasaba por allí, la probaba, y me la llevaba.

Viajábamos bastante a Montevideo y cuando compramos el departamento en Pocitos, que ocupaban mis suegros, como tenía una pieza para nosotros desarrollábamos una actividad social similar a la de Buenos Aires, por la gran familia que Amalia tenía allí, lo que convertía nuestro estar gratamente llevadero y feliz.

En verano, en las vacaciones, que muchas veces tomábamos en el mes de diciembre, solíamos dirigirnos a La Paloma en Uruguay o a Villa Gessell aquí en la Argentina. En cada una de dichas playas hemos tenido nuestros hoteles preferidos, no por extraordinarios, sino por la comodidad y buen trato que siempre hemos recibido de parte de sus dueños. En Villa Gessell el Hotel Massa, pequeño, limpio, con trato muy familiar y en La Paloma el Hotel Casino, llamado así porque allí funcionaba el casino de La Paloma. Esas playas eran nuestras preferidas: agrestes, tranquilas, en síntesis, no eran las clásicas Mar del Plata o Punta del Este a las que concurría la mayoría de la gente y de nuestras amistades.

También parte del verano, Amalia y Gustavo lo pasaban en Montevideo, concurriendo yo cada 15 días por un largo fin de semana. Imborrables recuerdos de esos años felices en Montevideo y en compañía de un montón de primos, más que primos amigos, de los que hoy quedan muy poquitos, porque se han dispersado a Israel, Brasil, Argentina y por qué no, también al cielo.

Aquí en la Argentina, nuestra vida transcurría con normalidad, en la rutina diaria de yo en el estudio y Amalia en casa, y de noche solíamos salir a tomar un café con los primos o concurrir al teatro con mucha frecuencia, como ya lo mencioné.

Pasado algo más de un año del casamiento de Gustavo con Silvana, Amalia tuvo problemas gástricos y luego de varias consultas, la conclusión fue que se debía operar del intestino. La operación la realizó el Dr. Covian en el Sanatorio San Camilo, con buen éxito. Luego de un breve período de convalecencia, comenzó a hacer vida normal y hasta tuvo tiempo, ganas y fuerza de conseguir, por intermedio de su tintorero amigo, la compra del coche Renault que aún estoy manejando.

Una vez que nació Federico y superó con éxito el mal trance que tuvo al nacer y que relato en otro capítulo, Amalia, que sentía locura por este nieto, estaba siempre pendiente de que Silvana la llamara para sacarlo a pasear: para ella era tocar el cielo con las manos. Muchas veces lo llevábamos en coche y parábamos en alguna confitería para tomar algo o íbamos a una plaza de juegos con él.

Un día que llevaba a Federico con el cochecito, se mareó. Era a mediados del año 1993 y luego de varias consultas, se llegó a la conclusión que era un problema de hipófisis. Nos pudimos contactar por intermedio de Cecilia con un especialista en Neurología, que era Director de la Corporación Médica de San Martín, quién aconsejó su internación. Era a fines de octubre y a pesar de sentirse mal, decidió que se internaría recién el 12 de diciembre, o sea, al día siguiente del primer cumpleaños de Federico, lo que cumplió.

La operación fue un tumor que superó con éxito. En el ínterin que estábamos buscando un centro de rehabilitación, según indicación del médico, se le produjo metástasis en los pulmones y a pesar que en la clínica consideraron que debía operarse, el médico cirujano me dijo casi textualmente: “Abraham, no tiene salida, no la hagas sufrir con nuevas operaciones; llevala a casa y que por lo menos pase lo poco que le queda para vivir, en un ambiente cálido, familiar, entre sus seres queridos”. Era el mes de febrero de 1994. Falleció el 12 de mayo dejando un gran recuerdo en todos los que la conocieron. Fue una gran mujer, fuerte de espíritu como de carácter, de iniciativa y frontal. Era la que tomaba las decisiones en los diversos problemas de salud de sus padres y también de su hermana. Servicial sin tapujos para todos, en fin, como dije: era una gran mujer.

No puedo dejar de mencionar una anécdota que me conmueve aún hoy. Los últimos meses de su vida, Amalia guardaba cama en forma permanente y cuando mis hijos venían a casa a visitarla, Federico, que tenía un año y meses, ni bien traspasaba la puerta de entrada en la cocina, comenzaba a correr por los pasillos hasta la cama y le agarraba la mano a Amalia y creo que se transmitían el amor mutuo que se tenían. Fallecida Amalia, cuando llegó en la primera oportunidad a casa, hizo la misma corrida y se encontró que no había nadie. Sus ojos inquisitivos, de extrañeza y decepción, aún recuerdo con claridad.

[Página 48]

Country Ranch

La actividad de Promotora del Norte se desarrollaba con buen ritmo y al poco tiempo creamos una financiera. De dicha financiera nació la idea de la creación de un country y ya nos estamos refiriendo a “Country Ranch” uno de los primeros que se fundaron, hace más de 35 años y que fuera encarado como un negocio perfectamente estudiado y concretado.

Lógicamente tuvimos que ocuparnos de la venta de acciones, eran doscientas, por lo que sábados y domingos todos los miembros de directorio de Promotora, con sus familias, estábamos allí. Fue una operación exitosa, ya que se vendieron las acciones con bastante celeridad, y ya vendidas seguimos concurriendo al Country para apuntalar un exitoso desarrollo, lo que creo se logró plenamente, ya que aún hoy, a 40 años de su fundación, el Country sigue funcionando.

Llega un momento en que uno se habitúa a concurrir a un lugar y me refiero en este caso al período posterior al de la operación proyectada, ya sea por haberse formado un grupo de amigos, tanto yo como Amalia o el pequeño Gustavo, o por costumbre. Ahí comienza mi preocupación por la evolución social de mi hijo, porque consideraba que era un ambiente reducido y que debía activar en un ambiente más amplio, como el Club Náutico Hacoaj.

Yo era socio del Hacoaj y, si bien por causa de la operación Country Ranch no concurrí durante varios años, siempre seguía pagando mi cuota mensual. Fue así que para obligarme a concurrir al Club, lo visité un día y me inscribí en un torneo de tenis por equipos, por lo que debía concurrir allí sábados y domingos, que eran los días en que se jugaba el torneo.

En el ínterin asocié a Gustavo al Hacoaj, quien se integró con un lindo grupo de chicos en las numerosas actividades que se ofrecían, tanto deportivas, sociales y culturales llegando, en algún momento, ser madrij del club.

Solíamos seguir concurriendo esporádicamente a Country Ranch, hasta que mi renuncia a Promotora del Norte hizo que me alejara de todas las actividades que desarrollaba el grupo financiero que integraba. Pero siempre hay cosas positivas que rescatar y esas son los amigos que tuve y que mantuve aún después de mi salida del Country y del Grupo Promotora.

 

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Updated 8 Jun 2013 by LA